Crítica La coleccionista película dirigida por Manuel Sanabria con Maggie Civantos, Daniel Grao, Belén López
Fábula en la frontera de lo inquietante, entre la intriga y el terror.
Tres cuestiones surgen en la memoria del cinéfilo aficionado al terror cuando se encuentra con La coleccionista.
La primera afecta a su puesta en escena que a su favor tiene cierto eco del tono del Fantaterror español de los años sesenta y setenta, que proporcionó tantos buenos ratos de inquietud y escalofríos a los aficionados al cine de género y ahora acompaña las dos historias que conforman La coleccionista.
Por ese camino la película recupera con eficacia los paseos por lo grotesco como herramienta del cine de terror para retratar las zozobras e inquietudes de la sociedad de su tiempo pasando al territorio del horror.
El terror como espejo de la sociedad
El género siempre ha sido un buen termómetro de sociedades en crisis de identidad, como en el caso del Fantaterror era la española el paso del tardofranquismo a la transición hacia la democracia, y en la actualidad es la convulsa sociedad de nuestros días, sumida en una nueva crisis de identidad.
Es en esos ejercicios del cine de género donde el cine maneja el terror y el horror como espejo deformante pero muy revelador de los miedos e inseguridades del individuo y de la sociedad en su conjunto.
Simbolismo, culpa y memoria
Y en el caso de La coleccionista estamos en un viaje interesante que se desliza tanto por los laberintos de la memoria y el pasado como por los de la culpa, incluyendo un no por casualidad un espejo como objetivo significativo que arranca su relato, donde lo simbólico y lo fantástico se dan cita con una reflexión sobre la realidad.

Una antología en clave dual
En segundo lugar la otra apuesta de la película es una interesante aplicación alternativa de una fórmula reducida de la antología de horror, recurso de organización narrativa esgrimido en numerosas ocasiones y que por ese camino pone a La coleccionista en la esfera del desarrollo argumental de algunos clásicos de la cosecha del terror británico de los sesenta y setenta como Doctor Terror (Freddie Francis, 1965), El jardín de las torturas (Freddie Francis, 1967), La bóveda de los horrores (Roy Ward Baker, 1973), La mansión de los crímenes (Peter Duffell, 1971), Refugio macabro (Roy Ward Baker, 1972), o Más allá de la tumba (Kevin Connor, 1974).
Referencias al terror de los 80 y 90
En esa línea antológica encontramos también el tercer referente que surge en la memoria del aficionado al género y nos lleva a cruzar el charco para entrar en territorio del cine de terror estadounidense de los ochenta y noventa adaptando al que muchos consideran monarca indiscutible del género, Stephen King -yo soy más de Clive Barker-, en películas como Creepshow (George A. Romero, 1982) y La tienda (Fraser C. Heston, 1993), que por su temática y argumento puede ser citada como un antecedente de La coleccionista.
Problemas de ritmo en las antologías
Confieso que del mismo modo que soy un lector voraz de antologías y relatos cortos en la literatura de terror y horror y en la ciencia ficción, siempre he experimentado un cierto rechazo a las antologías del cine de terror porque me hacen sentir insatisfecho por dos caminos inevitables. Por un lado, es inevitable que la fusión de entre cuatro y cinco relatos genere una irregularidad de ritmo. Por otro siempre experimento la sensación de querer más metraje del que tienen los relatos buenos y precisamente por ello rechazar los que me parecen inferiores.

Aciertos en la estructura de La coleccionista
En ese sentido me deja más satisfecho la fórmula aplicada por La coleccionista, que desarrolla dos relatos distintos, pero partiendo de esa limitación a solo dos fábulas, puede mantener un ritmo más regular en las mismas. Además, las desarrolla en paralelo, no por separado, como suele ser habitual en las antologías, lo cual me parece un acierto precisamente porque le permite manejar un ritmo menso irregular, más uniforme.
No obstante, la fusión de la fábula de Canco Rodríguez y sus inquietantes vecinos y la de Maggie Civantos podría ser algo más prolongada y sólida proporcionándoles algo más de continuidad en común de la que tienen en el tercer acto.
El inquietante Paco Tous
Eso sí, pienso que la primera es ligeramente más interesante que la segunda, y no solo porque en la misma estalle como siempre el arrollador carisma y talento de Paco Tous como refuerzo de un muy competente y resolutivo Canco. Es que Tous hace que la forzada y caricaturesca amabilidad de su personaje resulte más inquietante y terrorífica que ver sonreír a Jack Nicholson en El resplandor de Kubrick precisamente porque le otorga una capa de verosimilitud siniestra que nos pone a pensar que fácilmente podría ser nuestro vecino de al lado, algo que no ocurre en el caso de Nicholson.
El de Tous nos suena a persona real por los cuatro costados, un tipo que nos hemos cruzado casi seguro alguna vez en nuestra vida y del que siempre hemos querido salir huyendo a la mayor brevedad posible.Una oportunidad desaprovechada
Una oportunidad desaprovechada
Ambas tramas poseen recursos, tema, personalidad y actores para dar lugar a una película por separado, pero al fusionarse únicamente por el tema que comparten y la demasiado breve participación del personaje que da título a la película, Fátima, la coleccionista a la que da vida Belén López, que a su vez posee igualmente recursos y personalidad para abrirse paso con protagonismo más pleno en una película propia, pierden la ocasión de haber forjado juntas un tercer acto más potente y perturbador, reforzando sus desenlaces y las explicaciones de los mismos, que son su punto más vulnerable y caen dentro de lo previsible.
Miguel Juan Payán
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