Moulin Rouge 25 aniversario de verdad, belleza, libertad y amor
This is a story about love.
La obra maestra de Baz Luhrmann celebra un cuarto de siglo como el musical más romántico de la historia del cine.
La revolución sensorial que vino de oceanía
11 de octubre de 2001. En ese momento no lo sabíamos. ¿Cómo podríamos? Exactamente un mes antes caían las Torres Gemelas y el mundo occidental se había sumido en la desesperación y el pesimismo propios de un cambio de paradigma global. Definitivamente, no estábamos preparados para recibir una película que, por mucho que llegase con la vitola de haber sido presentada en el Festival de Cannes, parecía confirmar los presagios del nuevo siglo y el cambio de milenio a través de la agresiva lógica romántica del contraste.
El público y la crítica acompañaron, con moderación, el estreno de una cinta sin igual, especialmente gracias a un repertorio que hasta el más escéptico se llevaba tarareando a casa; desde luego, lo suficiente como para atraer una lluvia de nominaciones hollywoodienses y terminar de consagrar a sus protagonistas como grandes estrellas. Y, sin embargo, como si de la auténtica Sodoma y Gomorra se tratase, a una temerosa ola detractora se le atragantó su rabiosa personalidad kitsch y prefirió ignorar una vívida mirada que clamaba por la metamorfosis fílmica, tachándola de hortera y catalogándola de hueco videoclip.
Ahora, 25 años después de que bailásemos por primera vez en los salones de Moulin Rouge, no es que estemos mucho mejor, pero el hada verde de Kylie Minogue y la perspectiva del tiempo han concluido su labor, permitiéndonos recordar el capítulo final de la Trilogía de la Cortina Roja como el regalo para los sentidos y el genuino pliegue en el tiempo que siempre fue.
Sus predecesoras, El amor está en el aire (1993) y Romeo y Julieta de William Shakespeare (1996), no fueron excepciones en unas décadas en las que el cine de Australasia se había convertido en uno de los más propositivos y estimulantes del planeta gracias a una generación de autores excepcional. A nombres como Peter Jackson, Jane Campion, Peter Weir, George Miller o Alex Proyas se acababa de sumar un joven Baz Luhrmann que, además de entender el cine como una lengua vernácula para su cultura, se dejó llevar por el vértigo romántico de autores punteros como Wong Kar-wai, encomendándose a la búsqueda de la experiencia audiovisual exquisita.
Este periplo lo condujo hacia la batuta del hombre orquesta, capaz de conjugar bajo la misma lente el resto de las artes: danza, verso, pintura y música. Novedosas formas de diálogo con las que marcar distancia respecto a la narrativa tradicional y aproximarse al cine de imágenes absolutas, entendido como el único capaz de transmitir la emoción en su grado más alto.
El baile en su debut y la exageración poética del Bardo en boca de Leonardo DiCaprio y Claire Danes fueron las primeras herramientas lingüísticas con las que moldear una experiencia total para el espectador frente a una pantalla que, siguiendo la tendencia a la hiperestimulación contemporánea, se negó a morir estática. Fue con la transición al milenio digital cuando este auténtico hijo pródigo de los años de la MTV culminó su obra maestra situando la canción en el corazón de una valentía inusitada. Una que lo impulsó a atreverse a renovar el musical y, simultáneamente, a leer su tiempo de maneras tan a contracorriente de la negativa generalizada a dejar atrás el siglo XX que se convirtió en inesperada lanzadera al futuro, al XXI.

Un puente en el espacio-tiempo vestido de lentejuelas
Moulin Rouge es, por encima de todo, un análisis vanguardista y mimético de un nuevo momento. Una revolución cantada donde se dobla la cronología física y los años 2000 son maquillados de 1900, convirtiéndolos en el perfecto reflejo pop del espíritu bohemio. Dos principios de siglo hermanados por la negrura, pero también por el espíritu de supervivencia de la convivencia dispar, de lo exótico y lo prosaico, y por el recordatorio de que la verdad, la belleza, la libertad y el amor son los valores indispensables que los soñadores —es decir, los artistas, músicos, escritores y, sí, los cineastas— tienen el deber de salvaguardar.
De tal magnitud fue el agujero de gusano bizarro que Baz Luhrmann abrió en el espacio-tiempo con su Panavision de 35 mm que por él se colaron todas las claves del Romanticismo tardío, el movimiento literario decimonónico que aquí pudo tomar cuerpo fotoquímico. La obra del director de Elvis (2022) y de la adaptación de El gran Gatsby (2013) está recorrida de principio a fin por la historia romántica por antonomasia desde ópticas distintas: dos jóvenes enamorados que son víctimas de la fatalidad por culpa de una sociedad ajena al carácter idealista de sus sueños.
Sueños que sí parecen embriagar en exclusiva las formas de Moulin Rouge hasta la última nota, donde su cascada de planos imposibles y la fusión de géneros y ritmos —desde el dramatismo hipertrófico hasta el desternillante humor slapstick, o desde la épica musical hasta la angustia más terrenal— riman en un incesante estímulo como un eco perfecto del popurrí artístico que reproducen. Ese momento de armónica convivencia atonal de movimientos dispersos se reflejaba en el verso suelto romántico con la misma sonoridad que aquí triunfa, tanto en el «plano suelto» o la «secuencia libre» del director australiano como en su exuberante construcción melódica.
En esta vorágine coexisten sin fisuras Christina Aguilera, Queen, Elton John, The Police o David Bowie con el tango, el cancán o la ópera, de igual manera que con Goethe, Bécquer o Espronceda; una regurgitación que hace del centrifugado y el reciclaje formal un acto de pura y nueva creación. La narración es vehiculada directamente por las letras de las propias canciones, adaptadas a la necesidad emocional de cada parte.
Por ejemplo, Roxanne muta en un histórico tango de agresividad callejera interpretado bajo la sombra de una violación; The Show Must Go On se convierte en muestra de la dualidad del mundo, y la seducción entre los jóvenes se articula fundiendo a los Beatles con U2. Únicamente un tema que no procedía de una canción previamente publicada, Come What May, escrito por David Baerwald y Kevin Gilbert para el anterior proyecto de Luhrmann, Romeo y Julieta de William Shakespeare, y finalmente recuperado para esta película, responde también a una intencionalidad metanarrativa: la de ser instrumentalizado por sus protagonistas como código secreto de sus verdaderos sentimientos.
Lo rebelde de su idioma musical contrasta conscientemente con el andamiaje de un guion de elemental factura clásica, del mismo modo que ese enorme elefante —símbolo esencial de la cultura oriental— domina el acartonado paisaje parisino. Analizando rápidamente la construcción del relato, uno se percata de que el delirio posmoderno de Christian y Satine esconde la versión más libre de La bohème, de Giacomo Puccini, y su romance truncado entre un escritor rodeado de bohemios y una dama —Mimì, aquí relegada a secundaria— con tuberculosis; o de La traviata, de Giuseppe Verdi, y ese duelo clasista entre un joven y un aristócrata por el favor de una cortesana.
Resulta igual de imposible ignorar cómo se saquea felizmente la estructura de La dama de las camelias, de Alexandre Dumas hijo, e incluso cómo bebe de las mismas fuentes míticas que la literatura universal. El mito de Orfeo y Eurídice —donde el pobre Orfeo viaja hasta el mismo infierno en busca de su amada solo para perderla a las puertas de la victoria— es el arquetipo clásico reinterpretado para la ocasión.

Los sueños, sueños son…
De hecho, desde su textual apertura del telón, asistimos a la subversión de la teatralidad tradicional y sus reglas en favor de un subrayado del propio trampantojo del escenario. Luhrmann señala perpetuamente, con planos aéreos de las maquetas, zooms agresivos, un tosco barnizado digital, matte paintings e incluso un Pavarotti «satelitizado», el carácter falso de toda la puesta en escena, así como su condición de orgullosa representación febril.
Incluso la tragedia no solo no se esconde hasta el clímax final, sino que nos es expuesta en primerísimo lugar, pues todo Moulin Rouge es una narración subjetiva del pasado, una exaltación del idílico paréntesis entre la opresión pretérita —un padre que reniega de su «pecaminoso» hijo escritor— y el futuro directamente inexistente.
Durante dos horas, el escritor interpretado por Ewan McGregor traduce su fracaso en la ensoñación acotada sobre un mundo donde las maquinaciones vitales, el alcoholismo, la sexualidad vendida y toda la deformada y decadente sociedad capitalista son vencibles sencillamente a base de amor. Un bálsamo artístico al que él mismo y cada uno de nosotros podemos acceder cada vez que necesitemos un poco de All You Need Is Love…
¿Y no es precisamente esa la función ontológica del cinematógrafo? ¿No convierte eso a Baz Luhrmann en un auténtico viajero temporal capaz de recuperar para el cambio de milenio el mismo espíritu permeable y táctil que los fotogramas de aquel tren entrando en la estación, atravesando el proyector, otorgaban a lo onírico?
Si algo caracteriza esta película es la tangibilidad sensorial de toda su imposible propuesta. Sus primerísimos primeros planos cargados de pasión fílmica, la inventiva desbordante de recursos plásticos que redefinen la maleabilidad del montaje cinematográfico y todo el desorbitado diseño de producción —capaz hasta de unificar Europa con la India— se reciben como una embriagadora borrachera absolutamente empírica, viva y en perpetuo impacto.
Cada plano y cada secuencia parecen invadir todo lo demás de manera subatómica, como quarks o gluones chocando y ramificándose en decenas de partículas nuevas y liberando tanta energía audiovisual que da igual lo que aquí se escriba, porque únicamente su visionado permite aproximarse a entender la fertilidad artística derrochada. Una resonancia cuántica cuya resaca, eso sí, depende por completo de la entrega o resistencia de cada espectador a verse superado.
… Y el cine es su puerta de entrada
Dejarse guiar por el Toulouse-Lautrec de Leguizamo/Luhrmann hasta el molino rojo de Montmartre, averno del disfrute del Harold Zidler de Jim Broadbent y sus «canes diamantinos», es estar dispuesto a ser testigo privilegiado de un conjuro festivo donde los muertos y los presentes brindan y danzan al mismo son.
Una efímera magia de resurrección culminada por su diamante más reluciente, Nicole Kidman, personificación absoluta de la volatilidad platónica que se escapa entre los dedos de todo aquel que intente poseerla; ya sea en cuerpo —como en la obsesión material de un Richard Roxburgh convertido en duque cartoon de dudosa perspicacia— o en alma —como en la naíf esperanza del enamorado—. Toda una quimera de ojos hipnóticos e infinita melena pelirroja que, aunque clame por ser la nueva Sarah Bernhardt, más bien invoca la fusión necrófila de Marlene Dietrich y Marilyn Monroe junto al dibujado curvilíneo de Jessica Rabbit y las alocadas imposturas del espectáculo sensual de Madonna.
Con este último imposible, el director nos recuerda que también aquí permanece el principio romántico más esencial: la estrella más brillante es la que más rápido se consume. Quedarse al lado de Satine y su círculo utópico una vez echado el telón, inmortalizar eternamente su esplendor triste, únicamente es factible gracias al poder definitorio del arte. Su recuerdo, plasmado en papel o celuloide de forma tan spectacular spectacular que otros 50 años ha de durar.
¡Al igual que el Moulin Rouge de Baz Luhrmann! Una película a la que, en pleno 2026 y tras un largo recorrido de su imaginario por la cultura popular, cada vez más gente vuelve o descubre en toda su vasta generosidad audiovisual. Más que nunca, celebramos despiertos esta cápsula de felicidad romántica desde una buhardilla destartalada, al abrigo etílico de la absenta y grabada en tinta por un bello perdedor que nos recuerda que lo más grande que te puede suceder en el cine es que ames una película y seas correspondido.
Miguel Ángel Espelosín
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Moulin Rouge 25 aniversario
¿Cuándo se estrenó Moulin Rouge?
Moulin Rouge, dirigida por Baz Luhrmann, llegó a los cines españoles el 11 de octubre de 2001. En 2026 se cumplen, por tanto, 25 años de su estreno en España.
¿Quiénes protagonizan Moulin Rouge?
Nicole Kidman interpreta a Satine y Ewan McGregor a Christian, los dos protagonistas de la historia de amor. El reparto incluye también a Jim Broadbent, Richard Roxburgh y John Leguizamo.
¿Quién dirigió Moulin Rouge?
Moulin Rouge fue dirigida por el cineasta australiano Baz Luhrmann. La película constituye la tercera entrega de su denominada Trilogía de la Cortina Roja, después de El amor está en el aire y Romeo y Julieta de William Shakespeare.
¿De qué trata Moulin Rouge?
La película cuenta la historia de Christian, un joven escritor que llega al París bohemio de 1899 y se enamora de Satine, la gran estrella del Moulin Rouge. Su relación queda marcada por los intereses del cabaré, los celos del duque y el trágico destino de Satine.
¿Por qué fue tan importante Moulin Rouge?
La película renovó el musical cinematográfico mediante un montaje frenético, una estética deliberadamente artificial y la utilización de canciones populares de distintas épocas dentro de una historia ambientada a finales del siglo XIX. Su mezcla de cultura pop, melodrama, comedia y romanticismo se convirtió en una de las señas de identidad del cine de Baz Luhrmann.
¿Qué canciones aparecen en Moulin Rouge?
La banda sonora reutiliza y transforma canciones asociadas a artistas como Elton John, Queen, The Police, David Bowie, U2 o The Beatles. Entre sus números más recordados figuran Your Song, El Tango de Roxanne, The Show Must Go On y Come What May.
¿Come What May fue escrita expresamente para Moulin Rouge?
No exactamente. David Baerwald y Kevin Gilbert escribieron Come What May originalmente para el anterior proyecto de Baz Luhrmann, Romeo y Julieta de William Shakespeare, aunque finalmente no se utilizó allí y terminó incorporándose a Moulin Rouge.
¿Cuántos Óscar ganó Moulin Rouge?
Moulin Rouge recibió ocho nominaciones a los Premios Óscar y consiguió dos estatuillas: mejor dirección artística y mejor diseño de vestuario.



