
La película se abre con la historia de un matrimonio y su hija en los años 40, felices y encantados de la vida, hasta que la tragedia les golpea brutalmente. Años después, las jóvenes de un orfanato son acogidas temporalmente por el matrimonio, lo que lleva a que el mal que habita en la casa y en Annabelle, comience a acosar a las niñas. Por fin conoceremos cómo y por qué se creó la muñeca, en una historia que a los que nos criamos con los videojuegos de los 90 nos recordará indudablemente a la fantástica aventura gráfica The Seventh Guest, con aquel juguetero tan particular. Algo bebe de aquella esta precuela, y funciona más que bien.
Por un lado el reparto se defiende a las mil maravillas. Y eso pese a uno de los defectos de la película. Unos diálogos que no van a ser material de Oscar precisamente, y algún tópico (el grupo de niñas especialmente o el marido taciturno) que podría tirar de espaldas. Pero en el caso de los adultos, con Anthony LaPaglia y Miranda Otto, y en el de las niñas, especialmente Lulu Wilson y Talitha Eliana Bateman, los actores saben escapar de esos clichés y aportar la suficiente personalidad a los personajes como para que nos preocupen e interesen. Eso es lo que provoca que los espectadores respondan bien al peligro y los sustos, porque nos interesa el destino de los personajes y qué les puede suceder.
Por otro lado su director, Sandberg, vuelve a demostrar su pericia tras las cámaras, especialmente en el trato de las luces y las sombras, una de las claves de Nunca Apagues la Luz. Dosifica sustos y aprovecha la oscuridad y las sombras para que siempre estemos buscando entre ellas un movimiento, una señal de peligro. Además existe un gran contraste entre ellas y las zonas iluminadas, y Sandberg se muestra particularmente ingenioso con el encuadre y los movimientos de cámara. Sí, la historia no sorprende precisamente, pero es en cómo está contada donde reside su talento y donde se aprovecha la misma. Una buena película de terror, que es mucho en los tiempos que corren, todo un éxito de verano en USA y una muestra de que no hay que ser memorable, simplemente hacer las cosas bien y dar al espectador un más que sólido entretenimiento.
Miguel Juan Payán
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