Crítica After the Hunt película dirigida por Luca Guadagnino con Julia Roberts, Ayo Edebiri, Andrew Garfield, Michael Stuhlbarg
Guadagnino se disfraza de Polanski para humanizar sibilinamente el concepto actual de víctima
El cine como deber… de entretener
¡En menudo berenjenal se ha metido el bueno de Luca Guadagnino! Estaba tranquilo el todoterreno italiano, que venía de adaptar las narcóticas aventuras de William S. Borroughs en Queer y de revolucionar, pero de verdad, el romance deportivo a ritmo de tecno con la increíble Challengers, pero ha tenido que llegar Nora Garret con un libreto incendiario para agitar el avispero del movimiento Me too y arrastrar al director de Call me by your name a lo que ya presupongo que será un debate tan encarnizado como soporífero acerca de la idoneidad de teorizar sobre el presunto carácter inocente de las víctimas.
Guadagnino, que de tonto no tiene un pelo, se debió oler el percal cuando le llegó esta historia en torno a un caso de presunta violación por parte de un profesor de Yale a una de sus alumnas y como su compañera de profesión (magnífica Julia Roberts en modo Cate Blanchett) se debate entre dudas e intereses, de modo que, en vez del tirante, decidió calzarse el mono de trabajo para meterse en el lodazal de un tema tan espinoso y no salir embarrado hasta las trancas.
En lugar de ponerse meditabundo y llevar las cotas de intensidad dramáticas al máximo (decisión mortal que hubiese convertido la película en un telefilm), lo que ha hecho para articular esta reflexión antropológica sobre las complejas aristas del comportamiento humano es entregarse al gamberro ejercicio de suspense desvergonzado en el que frivolizar con la culpabilidad puede (y debe) ser tomado como la misma manifiesta sorna con la que es expuesta.
A pesar del aparente derroche intelectual de verborreica metralleta con la que arranca After the hunt (mucho mejor título que ese Caza de brujas con el que va a llega a España), rápidamente un zafio recurso de guión en un baño nos pone sobre la pista de que los tiros no van a ir por donde nadie piensa y su desarrollo con apuntes cómicos y sibilina mala baba en sus giros dramáticos no hacen mas que confirmarlo.
Por mucho que se nos presente ese acabado aseado y esa mascarada de corte literato cercano al Fincher de La red social, todo se revela en clara impostura. Guadgnino y Garret prefieren mantenernos pegados a la butaca con el sabio gorgoteo de elemento disruptivos y nueva información acerca de los personajes, mientras esclarecen que prefieren hablar de lo pérfidos e imperfectos que son todos los involucrados en el conflicto antes que indagar en ningún aspecto moral o ético de cualquiera de sus decisiones.
Esto resulta en un film que, sin la frescura y precisión de la reciente Strange Darling, transita sus dos horas con la muy inesperada gracia y disfrute de un thriller hitchcockiano o del mejor Polanski, ese que no vemos desde la emparentable El Escritor, especialmente cuando, recordemos, estamos tratando un tema de gravísima actualidad.

La importancia de un buen director y un buen reparto
Si bien tampoco vamos a decir que la prosa de la actriz Nora Garret sea de una exquisitez desbordante. El jugueteo amenaza con agotarse relativamente temprano cuando uno se percata de lo escueto que resulta el esqueleto narrativo y las relaciones interpersonales de los implicados. Y aquí es donde reside el misterio de porqué un gran director y unos enormes interpretes pueden decantar la balanza de un guión afinado a medias.
Toda la cinta se convierte rápidamente en un parque de atracciones para cualquier amante del lenguaje audiovisual, en la que Guadagnino, al que le da igual el género que transite gracias a su amplia experiencia cinéfila, despliega todo un arsenal de recursos visuales, muy bien apoyados por otro soberbio trabajo a la batuta del duo Reznor-Ross, todo sea dicho, con los que deslavazar todo el subtexto que el diálogo no se encarga de subrayar.
El repertorio de planos y la dispocisión de los personajes en el encuadre supone toda una clase magistral del suspense clásico del que no solo se beneficia el espectador esteta como puerco en charca, además aporta el púlpito perfecto para que unos actores empáticos con el cachondismo de su maestro de ceremonias desaten una construcción precisa del incomodo juego de sombras del que deben hacer gala. Roberts es pura contención, pero contrasta a las mil maravillas con la explosividad masculina de Andrew Garfiled a la vez que encaja retorcidamente con el otro personaje femenino, el de Ayo Edebiri, empatada a maquinación silente.
Sin embargo, quien mas potenciado sale del juego audiovisual es un Michael Stuhlbarg que siempre necesita muy poco para destacar pero demasiado para ser reconocido como se merece. Con apenas cuatro detalles de actor y director, su Frederick pasa de secundario olvidable a epítome de la ambigüedad que carga la cinta. Si no me creen, fíjense en los momentos pastillas y como Guadagnino compone su relación con Julia Roberts.

La cámara no todo lo puede
Aun así, el autor italiano y su elocuente reparto no pueden evitar que en la segunda mitad haya una cierta sensación de valle narrativo, especialmente cuando el exitoso cuarteto de disgrega temporalmente y la película entra en una deriva con su personaje principal donde parece no saber que dirección tomar. Los minutos ocupados por Julia Roberts frente a Chloe Sevigny son directamente inertes, cuando no aburridos, y torpedean el fabuloso ritmo que atesoraba el film.
Por suerte, una conversación bien afilada sobre el poemario de Ulises despierta al relato de su letargo justo a tiempo para reconducir el colmillo hacia la llaga y dejar a sus criaturas de Yale en la picota. Para cuando llega su aberrante epílogo uno ya tiene la sensación de que el trabajo está hecho, la reflexión está lanzada y la maquinaria rumiante empieza a decirte que lo has pasado de la hostia.
Miguel Ángel Espelosín
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