Crítica de Backrooms ★★★★☆ (2026): horror interesante para adultos

Crítica de Backrooms, película dirigida por Kane Parsons con Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass y Finn Bennett.

Inteligente horror psicológico sobre la pesadilla de nuestros días.

Afortunadamente, Backrooms navega por otros mares, muy lejanos de las piscinas de estulticia y falta de originalidad e iniciativa en las que chapotean las repetitivas fábulas de terror para adolescentes. El género suele agotarlas hasta la extenuación antes de darlas por muertas, acumulando asesinatos sangrientos que no lo son tanto, violencia y goredescafeinados, con vísceras de corchopán con tropezones de gominolas.

En lugar de eso, Backrooms se plantea algo mucho más difícil e interesante: hacer de la sencillez un logro y atacar con suma eficacia los puntos más vulnerables de inquietud, capaces de poner al espectador en una situación psicológica insegura desde el perturbador prólogo que precede al argumento central, construyendo toda su trama desde lo cotidiano.

Esto no es otra película «de sustos».

Y así es como la habitual película «de sustos» o de excesos sangrientos evoluciona hasta una pesadilla articulada desde el espacio y el tiempo. Una pesadilla que sube los peldaños de la escalera de lo inquietante hacia un terror de más nivel: más maduro, más interesante, menos visceral, más intelectual y psicológico, pero igualmente perturbador de una manera constante durante todo el metraje, hasta llegar a un desenlace desolador.

Edifica el director su pesadilla sobre los cimientos de una cotidianidad que, para muchos —cada vez más y como consecuencia de una falta de confianza en sí mismos, ganada sobre la necesidad de lucha diaria por unos valores, creencias o convicciones, sean las que fueren—, aburre, agota y frustra. Una cotidianidad tomada al asalto por la mentira y la desinformación, creadora de monstruos esclavos, exhaustos por el día a día; en definitiva, una cotidianidad que nos convierte en los peores enemigos de nosotros mismos.

Crítica de Backrooms

Callejones sin salida

Kane Parsons ha sabido leer la sociedad de nuestro tiempo y la vulnerabilidad y angustia creciente de buena parte de la población, traduciendo esa sensación de calle sin salida que se pasea por las vidas de muchos de los espectadores en un laberinto de videojuego terrorífico en el que domina una claustrofobia creciente.

En la película, la escenografía adquiere tal protagonismo que los espacios visuales acaban siendo un personaje más, quizá el antagonista más inquietante de la propuesta. La oscilación de estos desde la aséptica desnudez y austeridad del principio hasta la alternancia puntual y perturbadora con una acumulación asfixiante, llevada al exceso, de basura, desechos u objetos inútiles —dignos del síndrome de Diógenes, presentado como mutación lógica y perversa del consumismo llevado hasta sus últimas y más perversas consecuencias— traza, con el movimiento de un péndulo, la tesis de esas vidas repletas de cosas que no pueden tapar o, al menos, paliar la inmensa sensación de vacío y soledad que rodea a los personajes.

El otro recurso dominante es el abanico de alternativas de las perspectivas, en el que, junto a planos de cámara de vigilancia, domina el punto de vista en primera persona, reinante en las redes sociales. Estas son el alfa y el omega de las vidas vacías de varias generaciones atrapadas en la adicción a la pantalla del teléfono móvil, el ordenador, los videojuegos o la ficción audiovisual, intentando coser su existencia a vidas ajenas, más o menos superficiales, y a mundos totalmente ficticios.

Crítica de Backrooms

De lo mejor en el terror de este año

Ese puzle de perspectivas es tanto el hijo mutado hasta la hipérbole del juego de identificación con el verdugo y la víctima esgrimido por Alfred Hitchcock en Psicosis (1960) como una coherente identificación con uno de los temas centrales de la película. No es otro que el juego de la mirada y lo mirado en la experiencia psicótica, el duelo entre la percepción del mundo y la identidad, y los ecos de lo real en las psicosis, materializados en esos trozos de muebles y objetos que se filtran en el laberinto de vacío que exploran los personajes.

Backrooms es una de las mejores películas de terror de este año, aunque no vaya a ser apreciada por los amigos del «cine de sustos» más superficial y olvidable. Sin respuestas fáciles a problemas complejos ni monstruos-marioneta que materialicen tus miedos. Y supera la interesante propuesta planteada por la película japonesa Exit 8 (2025), de Genki Kawamura, con la que tiene algunos puntos en común en el planteamiento general.

Miguel Juan Payán

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Crítica de Backrooms 

Miguel Juan Payán
Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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