Crítica de Drácula, película dirigida por Luc Besson y protagonizada por Caleb Landry Jones, Zoë Bleu Sidel y Christoph Waltz.
Nueva versión del personaje de la mano de Luc Besson, que se centra en los aspectos más románticos del mito.
De qué va Drácula
Tras perder a su gran amor en la guerra contra los otomanos, el príncipe Vlad reniega de Dios —y es condenado a vagar eternamente por el mundo, buscando la reencarnación de su antiguo amor—. Pasados los siglos, en pleno siglo XIX, la joven Mina busca su lugar en el mundo sin saber que es la reencarnación del amor perdido de Drácula. Esto llevará al vampiro a hacer todo lo que esté en su mano para recuperar lo que considera suyo.
Lo más lejos posible del espíritu de la novela
Vaya por delante que Drácula no es una mala película, ni mucho menos. Tiene muy buen ritmo, está bellamente rodada y presenta personajes e interpretaciones más que interesantes. Pero no se parece en absoluto a la novela de Bram Stoker, incluso aunque afirme estar basada en ella. Desde que Francis Ford Coppola dirigiera en los noventa su adaptación de Drácula, muchos se han acercado al mito con ese aire de romanticismo atemporal, de personaje perdidamente enamorado que intenta recuperar aquello que perdió —una visión que no puede estar más alejada del espíritu del texto original—.
La obra de Luc Besson no se parece a la novela ni pretende hacerlo, pero funciona como película. Si dejamos a un lado la traición al espíritu literario, Besson se interesa por contar una historia de amor y utiliza para ello al personaje de Drácula. Eso es lo que encontramos: un cuento romántico centrado en el amor perdido, que emplea el vampirismo como excusa para hablar del amor posesivo, que consume y eclipsa todo lo demás. El cineasta podría haber escogido cualquier otro personaje o época, pero recurre a estos porque forman parte del imaginario colectivo y le permiten explorar un periodo histórico que le viene como anillo al dedo.

Caleb Landry Jones se lo pasa en grande dando vida a Drácula, un personaje grandilocuente y exagerado que ocupa todo el centro de la narración. Merece la pena verlo desplegar su rango interpretativo al servicio de esta versión del vampiro. Y, aunque Zoë Bleu está muy bien en sus dos papeles, quien brilla con más fuerza es Matilda De Angelis, también espléndida como María. Asimismo, Christoph Waltz parece disfrutar en su rol de sacerdote —claramente una variación del profesor Van Helsing—. Menos suerte tienen personajes como Jonathan Harker o Henry, que no destacan en absoluto.

Una película visualmente poderosa…
El arranque de la historia es espectacular, tanto la batalla como la persecución en la nieve. También destaca toda la ambientación parisina: los decorados, el look visual… A menudo olvidamos que Luc Besson es un gran director, y por momentos esta película recupera a ese cineasta que creíamos perdido. La influencia del Drácula de Coppola es evidente no solo en el giro romántico, sino también en elementos como el maquillaje del protagonista en su versión anciana.
Hay aspectos que sobran —como esas gárgolas que habitan el castillo—, y no todo funciona en el terreno romántico, donde Besson peca de edulcorar la historia hasta rozar lo ridículo en ocasiones, tanto en la ambientación como en la trama. Sin embargo, en líneas generales, Drácula funciona: entretiene, ofrece un espectáculo visual potente y consigue tener personalidad propia en varios momentos. No es brillante, pero sí correcta.
Jesús Usero
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