Crítica de El día de la revelación (2026) ★★★★☆ Recupera el cine con mayúsculas

Crítica de El día de la revelación, película dirigida por Steven Spielberg, con Emily Blunt, Josh O’Connor y Colin Firth.

Steven Spielberg cierra con broche de oro su cuarteto alienígena.

El regreso de Steven Spielberg a la cartelera es una sólida y madura reflexión sobre la verdad, la mentira, la desinformación, el abuso, el devastador efecto del miedo en nuestra visión de la realidad y en nuestras decisiones, y la corrupción del poder. Todo ello retrata muy bien los momentos de pesadilla que están viviendo los Estados Unidos y, por lógica extensión, todo nuestro planeta.

Verdad, mentira y segunda capa de lectura

También es una invitación a reflexionar sobre la necesidad de imponer la humanidad a la máquina. Pero, sobre todo, es una historia sobre la pérdida de la confianza en la especie humana y el profundo daño que hace a la sociedad en que vivimos; el cinismo que la caracteriza por nuestra falta de empatía y nuestro miedo a lo que no comprendemos. Para decirlo más claro: la falta del imprescindible sustento de unos valores, de un cuerpo ético al que acogernos por encima de nuestro egoísmo, frente al que rendir cuentas y sobre el cual recuperar nuestra humanidad a pesar —o precisamente por causa— de la podredumbre que nos rodea.

En su conjunto, El día de la revelación recuerda, tanto en temas como en lenguaje visual, a las propuestas que marcaron el cine de conspiración y persecución de los años setenta, así que podríamos decir que al director le ha salido muy setentera. Pero ello no le impide ser, al mismo tiempo, una metáfora de muchos de los temas y preocupaciones que definen nuestra actualidad.

Posee, además, un rasgo que la diferencia de aquellas películas: la sustitución del cinismo y la paranoia —que, por otra parte, están tan de moda en nuestros días, como en toda etapa donde domina el miedo— por una apuesta más positivista, basada en el poder que todos tenemos para sobreponernos al paisaje de mentira y violencia que nos aparta de la verdad de todo aquello en lo que creemos, aunque no estemos dispuestos a admitirlo.

Algunas de sus pinceladas, algunas frases clave del guion, momentos nucleares y puntos de giro, así como la puesta en escena que el director aplica a todo lo anterior, invitan a una segunda intención de corte más interesado en la religión dentro del cuarteto de películas sobre el fenómeno extraterrestre firmadas por Spielberg: Encuentros en la tercera fase—más vinculada a la fusión de inquietud y tremendismo ante la manifestación de lo que está más allá de lo humano en modo Antiguo Testamento—, E.T. el extraterrestre —de marcados ecos del Nuevo Testamento, aunque pasados por el filtro de las fantasías Disney y de una idealización alimentada por el propio recuerdo del director sobre su pasado familiar—, La guerra de los mundos —bañada visualmente en las texturas del Apocalipsis— y, finalmente, El día de la revelación, pieza que completa ese viaje. En ella, el director se plantea y nos plantea, junto a sus otros temas, la pérdida de cualquier tipo de creencia y/o fe en algo que vaya más allá de nuestro ego; algo que, como explica uno de los diálogos de la película, no es pérdida de la fe, sino más bien pérdida de la confianza en los seres humanos.

Esa segunda capa de lectura y reflexión, de dudas y preguntas sobre lo religioso y, más concretamente, sobre la relación de lo humano con los diferentes conceptos de divinidad, siempre ha estado muy presente en el cine de Spielberg. Ya sea de la manera más superficial y simplista —por ejemplo, el Antiguo Testamento vuelve a hacerse presente en el desenlace de En busca del arca perdida— o de la manera más madura, provocadora y reflexiva —esa vela que parece consumirse, pero que, si observamos con cuidado, nunca llega a apagarse por completo en el prólogo de La lista de Schindler—, forma parte también del maduro ejercicio de autorreflexión sobre sus propias preocupaciones como autor que realiza el director en torno a su obra, convirtiendo El día de la revelación en una especie de resumen de todas las preguntas que se ha hecho a sí mismo y nos ha hecho a nosotros como espectadores a lo largo y ancho de su cine. Esas preguntas podrían resumirse en un intento de abocetar qué es aquello esencial que nos convierte en seres humanos, y todo aquello que nos aleja de nuestra humanidad, ya sea en un campo de exterminio nazi durante el Holocausto, en el sangriento desembarco de Normandía en el Día D, en un campo de concentración japonés durante la Segunda Guerra Mundial, en medio del mar siendo acechados por un tiburón blanco, en una operación de venganza estatal tras unos sangrientos atentados en las Olimpiadas o incluso buscando la humanidad con el niño/robot de A.I. Inteligencia Artificial, cuyo creador comparte el estigma del humano irresponsable que juega a ser Dios a través de la ciencia con el alucinado empresario empeñado en revivir a los dinosaurios para convertirlos en el reclamo principal de un parque de atracciones, y con el jefe del Departamento de Precrimen que, en Minority Report, anula el libre albedrío otorgado a la humanidad con el mismo pretexto y la misma falta de escrúpulos esgrimidos por todo déspota o gobierno dictatorial de la historia: la propaganda del odio y la violencia bajo la premisa de la seguridad y el orden.

Crítica de El día de la revelación

Plantear preguntas en lugar de respuestas

Así las cosas, lo que nos plantea Spielberg en esta película es un puñado de preguntas de las que, como evidencia el final de la película muy inteligentemente, no tiene intención de darnos respuestas. Porque las respuestas tendremos que encontrarlas nosotros mismos. Pero son las preguntas lo más interesante y lo que lleva a El día de la revelación a ser no solo un excelente entretenimiento con todas las claves narrativas y de puesta en escena del gran cine clásico del director, o un buen resumen de su cine, sino también una experiencia para el espectador a modo de espejo en el que reflejar nuestras propias dudas y conflictos internos frente a todo lo que está pasando a nuestro alrededor, y también lo que no está pasando, lo que falta; por ejemplo, la verdad.

Para alcanzar ese objetivo, Spielberg da un protagonismo destacado a los movimientos de cámara sobre sus personajes, expresando así momentos clave en los que va a cambiar su modo de ver y entender la realidad y, por empatía con ellos, nuestro propio modo de ver y entender la realidad. En ese recurso podríamos decir que aquí el Spielberg más clásico se desmelena y va más allá de lo que había ido en películas anteriores, sin que por ello abandone u olvide su clasicismo en la composición del plano. Pero es ese juego con la cámara el que nos sitúa dentro de la verdadera naturaleza y de los temas centrales de esta historia: la falta y la búsqueda de la verdad, el engaño, la desinformación y la desorientación que definen la sociedad de nuestro tiempo.

Hay una escena clave que define perfectamente la identidad temática del largometraje: la del interrogatorio al que es sometida la compañera de viaje del protagonista por el jefe de la conspiración, en la que la clave genérica abandona paulatinamente el territorio de la intriga para entrar en el del terror, convirtiéndola en una especie de posesión. Además, el director aprovecha para introducir otro apunte del subtexto religioso del que hablaba anteriormente en el duelo entre el mecanismo que empuña una mano y la cruz que empuña la otra.

El desenlace de esa escena es una de las pinceladas que dejan clara la intencionalidad de subtexto religioso que he comentado: un claro intento del director, independientemente de lo que él opine sobre las dudas que plantea, de establecer un diálogo con una parte importante del público mediante una resolución final muy gráfica.

Crítica de El día de la revelación

Además, en la citada secuencia de interrogatorio, independientemente de las creencias religiosas que tenga o no tenga, a cualquier espectador —creyente o agnóstico, con fe o sin fe, apocalíptico o integrado— le queda muy claro, en la iluminación y el plano que se le aplica al interrogador, cómo responde el propio Spielberg a las preguntas que le plantea su compañera al protagonista respecto a las consecuencias de revelar o no lo que sabe. Es fácilmente traducible como una cobertura visual satánica la que le proporciona Spielberg al personaje del interrogador/antagonista, cuyas opiniones y justificaciones sobre por qué no revelar la verdad quedan así automáticamente desautorizadas.

El interés que muestra el director por no entrar en conflicto con el espectador sobre aquello en lo que cree o no cree, ya sea sobre la existencia de Dios o sobre la existencia de extraterrestres, dado que, como he dicho, no es su intención impartir doctrina ni dar respuestas, sino, por el contrario, llevarnos a hacernos preguntas, lo encontramos reflejado también en ese diálogo telefónico con la monja sobre la fe y en torno a qué papel pueden jugar los extraterrestres —o, ya puestos, cualquier otra cosa— frente a la fuerza y la solidez de aquello en lo que realmente creemos.

Esa secuencia, que visualmente puede parecer simple, es en su contenido muy compleja y uno de los mejores y más importantes momentos de la película, porque borra del tablero toda excusa que pueda esgrimirse para ocultar la verdad. Insisto: la verdad —y su contrario, la mentira— es el tema central de la película. Llegados a este punto, incluso me atrevo a decir que los extraterrestres son un mero pretexto, un macguffin hitchcockiano llevado al extremo en lo referido a su falso protagonismo en la trama.

Si añadimos a todas las películas de Spielberg ya aludidas previamente otras no mencionadas hasta ahora, como Atrápame si puedesEl puente de los espías o Los archivos del Pentágono, podemos concluir que la verdad y la mentira son el tema más recurrente de su filmografía.

El día de la revelación habla, a través de todas esas pequeñas o grandes mentiras sobre sí mismos que ocultan los protagonistas y que los definen en negativo —pero que también pueden llegar a definirlos en positivo cuando esas mentiras quedan desarticuladas al salir a la luz, obligándolos a enfrentar su propia verdad—, de esas grandes o pequeñas mentiras con las que los propios espectadores convivimos cotidianamente y que quizá incluso hayamos normalizado, aceptándolas a pesar de ser inaceptables. La manera en que la protagonista se comunica con desconocidos y la forma en la que ella misma trata con su pasado y sus traumas, así como el papel de los medios de comunicación en la trama, son muy reveladores respecto a qué es lo que realmente interesa a Spielberg en esta película, que temáticamente va mucho más allá de una historia sobre extraterrestres.

Miguel Juan Payán

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Crítica de El día de la revelación

Miguel Juan Payán
Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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