Crítica de Her Private Hell, película dirigida por Nicolas Winding Refn con Sophie Thatcher, Charles Melton y Kristine Froseth.
El director danés compone otro hiperestilizado viaje alucinado a los violentos infiernos de la cosificación femenina.
Desde hace mucho tiempo he asumido que el director de la magistral Drive se desenchufó de nuestra realidad y nos visita muy puntualmente para ofrecernos compartir momentáneamente su mundo tras el espejo. Como si de un Morfeo danés se tratase, con cada nueva propuesta extiende sus manos, muestra las píldoras roja y azul, y le ofrece al libre albedrío de cada espectador la oportunidad de deslizarse con él por la madriguera del conejo. Solo si lo desea.
Her Private Hell es uno de esos viajes dementes, el más sublime que ha hecho en una década, al país de las maravillosas pesadillas en el que Refn reconstruye las estructuras clásicas para adecuarlas a una visión vanguardista y sobrecargada de los mismos temas que ya tratase en The Neon Demon, pero bastante más refinada y menos reacia a dejarse llevar a lo más hondo de su imaginación. Un Tokio cyberpunk, anegado por la espesa niebla del éxito, le sirve como fantástico mundo en el que colocar a sus princesas, muchachas prisioneras bajo las pesadas cadenas de un desesperado deseo de amor, y hablarnos de nuevo sobre lo peligrosos que pueden ser los caminos mediáticos con los que ciertos depredadores atraen a sus presas.

Universos conscientemente fantásticos, etéreos y superficialmente igual de atractivos que efímeros, poblados de demonios con cara de hombre y chupas de cuero. Por ejemplo, los de unos Dougray Scott y Diego Calva autoproclamados padres postizos de unas chicas, lideradas por Sophie Thatcher, convencidas de haber encontrado el ascenso al cine en sus brazos. Una cortina estética, en la que Refn da rienda suelta a toda su espectacular imaginería manierista, tras la que solo se esconden la manipulación sexual y la amenaza de un asesino en serie que las acecha.
Paralelamente a este mundo de fantasmas en vida se desarrolla la venganza de otro mucho más violento: el silente soldado americano interpretado por Charles Melton, todo un trasunto de la caballería ya vista en el conductor de Ryan Gosling, explora los bajos fondos de la ciudad siguiendo los pasos de su hija, también vampirizada por los monstruos, trinchando yakuzas y enseñando a fumar «coolest than ever». Otro tipo más de celebración formal para añadir a la verbena que parece escapada del polar francés de Jean-Pierre Melville o de una de las novelas gráficas de Frank Miller o Will Eisner.

Bajo la espectacular avalancha de neón, slow, colores y composición desquiciada con la que Refn pinta febril cada uno de sus encuadres, y que últimamente había enfangado sus obras en el pantano de la nada, subyace el regreso de un cierto trabajo de la narrativa a partir de mil detalles, en ocasiones gloriosamente elípticos —lo más divertido de cazar, como agujas en el pajar— y otros decididamente tontorrones. Una entrega inesperada al contenido con la que dejar atrás la reiteración con la que agotaba las fórmulas al poco de arrancar y que, irónicamente, hace mucho más disfrutable la amalgama de referencias que van desde el David Lynch de Terciopelo azul y Carretera perdida hasta el gialloitaliano, el noir nipón y el anime. Un hipnótico lienzo de puro fetichismo cinematográfico rematado, además, por la poderosa composición sonora del mismísimo Pino Donaggio, batuta histórica de un De Palma que también es citado aquí.
No resulta fácil hablar del cine de Nicolas Winding Refn porque, y esto es lo mejor que se puede decir de un autor demasiadas veces ensimismado con su propio ombligo, es de los pocos que todavía se viven y se experimentan en una sala de cine mucho mejor de lo que cualquier palabra explica. Her Private Hell es un terremoto audiovisual, violento y sexual, que solo recompensa cuando se cruza la pantalla, aunque cierto es que esta vez han puesto mucho más de su parte para que escojamos la pastilla roja.
Miguel Ángel Espelosín
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Crítica de Her Private Hell



