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Crítica La guarida ★★★

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Crítica La guarida

Neil Marshall vuelve a su terreno recordando el cine de John Carpenter.

         El estreno de Dog Soldiers (2002) y The Descent (2005), nos propuso a un director interesado en trabajar el cine de género que mezcla terror y aventura con eficacia, autoridad, pericia visual y sobre todo entrega a  la causa. Era el cine de un aficionado a ese tipo de fórmulas que disfruta el primero de sus propuestas, transmitiendo al espectador esa misma sensación de satisfacción con un producto ciertamente de evasión y entretenimiento, puro ocio sin complejos repleto de acción y desprovisto de más contenido que el mínimo imprescindible para sostener la trama y sus personajes, pero que no por ello tenía menos solidez. Renovó créditos de eficacia como uno de los más entretenidos directores del cine de acción en Doomsday: el día del juicio (2008) y Centurión (2010), pero al mismo tiempo empezó a entrar con las mismas en una tendencia de ambición y autosatisfacción que le llevó a perder un poco el rumbo, aunque remontó el vuelo mostrando su eficacia en la narración de acción con los capítulos que dirigió en distintas temporadas de series como Black Sails, Juego de tronos, Constantine, Hannibal, Westworld y Perdidos en el espacio, e incluso puso algo de ritmo a algún capítulo de la fallida Timeless, pero, para sorpresa de sus seguidores, entre los cuales me sigo contando porque considero que es un exponente de artesanía sin complejo en la fusión del cine de terror y aventuras de nuestro tiempo, algo que confirma La guarida, su regreso al cine fue un patinazo en toda regla: se le atragantó totalmente Hellboy (2019), personaje que, a la vista de sus primeros trabajos, parecía ideal para que pudiera lucir su buen manejo de las claves que caracterizan a su cine pero al que no supo manejar en ningún momento de la película posterior a la caza de gigantes, y The Reckoning (2020), le quedó más floja de lo esperado, anticipando una falta de ideas propias y una acomodaticia y vaga tendencia a replicar fórmulas ya explotadas con pragmática eficacia, pero ya sin la pasión y el disfrute de sus primeras propuestas.

         Eso se repite ahora en La guarida, que me parece no obstante más entretenida y solvente que las dos películas anteriores de Marshall, pero nuevamente me hace pensar que el director va en piloto automático, modo zombi, sin garra real, saliendo del paso con la misma habilidad que ha mostrado siempre, pero sin complicarse la vida.

         En La guarida, Marshall rueda el tipo de historias y maneja situaciones y personajes que nos suenan mucho porque son herencia del cine de John Carpenter, pero no le anima en ningún momento la pasión del maestro que dirigió La Cosa (1982), a la que esta película que ahora se estrena parece jugar a imitar, más que homenajear, en varios momentos, personajes y situaciones, desde la autopsia y la música “carpenteriana”, al oficial interpretado por el ex Galáctica, Jamie Bamber, con parche y maneras de Plissken el Serpiente interpretado por Kurt Russell en 1997: Rescate en Nueva York (1981), mientras las referencias al personaje interpretado por Russell en La cosa se reparten entre la piloto británica interpretada por una émula de Milla Jovovich en Resident Evil, Charlotte Kirk, y el sargento estadounidense al que da vida Jonathan Howard.

Crítica La guarida ★★★

         Pero incluso en piloto automático y repitiendo lo mismo que ya nos contara en el siglo pasado en Dog Soldiers, Neil Marshall demuestra que es director más competente que otros muchos que viajan por este tipo de propuestas genéricas, y que es capaz de otorgar cierta personalidad a su película mostrando singular descaro y satisfacción en no ser más de lo que es: entretenimiento simple, puro y duro, sin aspiraciones. Así hay que entender el diálogo y la propia interpretación paródica y exagerada de Jamie Bamber, con el momento bate, las salpicaduras de sangre sobre la propia cámara, el movimiento vertical de la cámara sobre la protagonista, el  plano del grupo de héroes avanzando a cámara lenta hacia la cámara, y otros guiños que demuestran su mejor virtud: una no disimulada y saludable capacidad para no tomarse en serio a sí misma mientras se ocupa de ser, sobre todo, un pasatiempo bien resuelto que no intenta engañarnos ni se engaña.

                                                              Miguel Juan Payán

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Miguel Juan Payán
Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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