Crónica desde Cannes 2026: una obra maestra de Pawlikowski, una decepción de Farhadi y una joya animada inesperada
La jornada de Cannes 2026 deja un mapa de contrastes: la rotoscopia emocional de We Are Aliens, el irregular salto de Diego Luna a la adaptación literaria con Ceniza en la boca, la confirmación de Fatherland como firme aspirante a la Palma de Oro y el tropiezo de Asghar Farhadi con Historias paralelas. Entre prodigios formales, heridas históricas, desarraigos migrantes y juegos de voyeurismo, el festival vuelve a medir la distancia entre la ambición y el verdadero cine.
We Are Aliens (de Kohei Kadowaki) ★★★★☆
Menuda tragedia supuso perder antes de tiempo a una mente genuina de la animación japonesa como fue Satoshi Kon, uno de esos artistas que extendió la acepción de que el anime no era una entidad en sí misma, sino una herramienta excepcional para enfocar por nuevas vías de expresión el drama de peso, el thriller o cualquier otro género sin perder un ápice de madurez.
Al igual que otros, Kohei Kadowaki se ha propuesto con su ópera prima mantener vivo ese legado mediante un ejercicio de apabullante prodigio técnico, en el que se nos recuerdan las posibilidades ilimitadas de puesta en escena de la rotoscopia mientras ofrece la última prueba del impacto estético y emocional alcanzable.
La impactante We Are Aliens se lanza a hablarnos de los tropos de la incomunicación, eso que llena de malentendidos, mentiras y obsesiones nuestras vidas, como una especie de Boyhood (Momentos de una vida) duplicada que redibuja el punto de vista de dos niños desde una infancia en común hasta una juventud enfrentada. Estructurada como un impresionante collage fotográfico de mil elipsis, donde la exposición continua del repertorio de planos perfectos avasalla —e incluso, por momentos, agota—, la película muestra la alternancia, a veces divertida, otras espeluznante, en la felicidad de los muchachos, y nos conduce por los complejos derroteros vitales, desde la perspectiva infantil de Koreeda en Monster o el Lukas Dhont de Close hasta los inevitables tintes enfermizos con los que el resentimiento y el dolor oscurecen el paso a la vida adulta.
Una profunda y valiente radiografía del aislamiento que hace de la contundencia formal el mejor altavoz para hacernos entender la imperiosa necesidad del perdón y de la aceptación de los inescrutables caminos que a todos nos toca recorrer.

Ceniza en la boca (de Diego Luna) ★★½☆☆
Aunque sea difícil de creer, el actor Diego Luna, el afamado Andor de Rogue One: Una historia de Star Wars y la serie homónima, y uno de los rostros más internacionales surgidos de la cinematografía mexicana, lleva casi veinte años desempeñando en paralelo una carrera como director. Y digo difícil no solo porque casi todo su trabajo haya sufrido los infortunios de la pobre distribución, sino porque, viendo su adaptación de la novela de Brenda Navarro, Ceniza en la boca, se aprecia un escasísimo bagaje como narrador audiovisual que consume todo el conjunto como los hornos del crematorio. Es un reparto de actrices superlativas —mención aparte merece el deslumbrante trabajo de su núcleo, Anna Díaz— el que tira de mucho más que oficio para evitar que esta amarga ventana a las huidas circulares y el desarraigo que sufren las juventudes de su país se hunda bajo las pesadas cadenas de los lugares comunes del melodrama de resiliencia femenino.
Luna, quien demuestra desenvolverse con más gracia en el duelo y el suspense, prefiere atarnos demasiado pronto a la faceta costumbrista del relato, a la mirada íntima al inmigrante invisible en forma de intento de supervivencia en tres actos —Madrid, Barcelona y México— de Lucila, una joven obligada a migrar a España junto a su hermano y su madre. Una apuesta marcada por el maniqueísmo con el que son dibujados todos los personajes y circunstancias que orbitan alrededor de la protagonista, limitada ella a la temible arquitectura dramática del equilibrio entre asfixiantes golpes de efecto y los consiguientes momentos de respiro, hasta que el mayor de ellos desequilibra la balanza y conduce la película a aguas algo menos ordinarias y algo más interesantes.
Definitivamente, la base literaria no ofrecía las suficientes capas de desarrollo, más allá de la idea del consumo de ceniza o las lecturas acerca de las vías de escape, como para que simplemente conjugando el uso pegajoso de la cámara al hombro y cierto gusto en la composición del plano esta cobre la fiereza en la denuncia que todos sus responsables pretenden.

Fatherland (de Paweł Pawlikowski) ★★★★½
El director de las geniales Cold War e Ida parece ser el primero en subirse al carro de las claras pretendientes a la Palma de Oro con este absolutamente magistral cierre de su trilogía de posguerra en la Europa deformada. Una entrega decididamente más expositiva, abiertamente política e incisivamente divertida que, como sus inmediatas predecesoras, en vez de rodada parece sustraída con algún conjuro directamente de los entresijos melancólicos del tiempo.
La estructura de diminuta road movie encajonada en 4:3 y glorificadora de los más exquisitos parámetros estéticos son las máximas innegociables —y aquí aún más depuradas— para un Pawlikowski que, partiendo de la novela El mago, de Colm Tóibín, hace completamente suyos a Erika y Thomas Mann y los lanza a un viaje sin reverencias ni homenajes con el que exponer la complejidad de sanación de la Alemania dividida y cómo sus enfrentadas almas se encomiendan a la figura del ganador del premio Nobel sin saber que él mismo arrastra unas heridas que no dejan de sangrar.
En escasos 80 minutos, el maestro polaco crea una nueva obra maestra de minimalismo poético y pulidísima geometría de planificación en la que caben tantas cosas que su mayor —y posiblemente único— defecto es lo tristemente corta —y «poco arriesgada»— que se hace para los estándares de consumo actual y, sobre todo, para lo gigante de la conversación que inicia una vez encendidas las luces. La máscara intelectual de los genios, la pérdida del hogar y el sentido de la patria, el hermanamiento controlador del capitalismo y el comunismo y la dolorosa intimidad paternofilial, entre otros, se dan cita con precisión artesana en un montaje que economiza cada brillante diálogo o gesto para que adquieran la impronta de una película entera.
Ver Fatherland es asistir a un nuevo pequeño prodigio cinematográfico en el que submilagros como el indescriptible trabajo de Sandra Hüller y Hanns Zischler conviven en armonía con una exquisitez formal íntegra y el respeto hacia la inteligencia emocional de unos espectadores en los que confía ciegamente. Esperemos que el jurado del festival también merezca esa consideración.

Historias paralelas (de Asghar Farhadi) ★★☆☆☆
El iraní Asghar Farhadi siempre se ha valido de la silenciosa corrupción con la que un concepto tan sencillo como la duda es capaz de consumir a las personas más íntegras y de derribar el más rígido de los valores. De ahí que todas sus obras maestras compartan el uso malicioso de este poder al que sutilmente suele quitarle la correa para, con una puesta en escena tan abierta a la sencillez como cerrada a la simpleza, observar cómo expande su veneno.
No obstante, cada vez que se ha aventurado a llevarse esta arma de destrucción masiva de vacaciones europeas ha salido trastabillado ante la ausencia de una diana mayor que la propia degradación de sus criaturas. Pasaba en el esperpento ibérico de Todos lo saben y, desde luego, le vuelve a pasar en estas Historias paralelas con las que, lejos de posicionarse al lado del original de Kieślowski, parece entregarse a una nadería que le presumíamos desconocida.
El manuscrito que una escritora recluida con el rostro de Isabelle Huppert desarrolla a partir de unos vecinos a los que vampiriza con su telescopio sirve como germen de la infección que asolará las vidas de los observados, creando una relación de retroalimentación entre la vida y el arte que podría servirle de excusa al artilugio si no fuese porque los homenajes chabacanos que convierten a De Palma en Adrian Lyne, una vis cómica que contrasta gravemente con lo aseado de su puesta en escena y un metraje tan injustificable como el leve gamberrismo con el que lo rellena lo transforman en una isla desierta temática rodeada por un océano de aplanada mediocridad disfrazada de una provocación digna de telefilme.
Tampoco el caleidoscopio de estrellas galas —desde Vincent Cassel hasta Catherine Deneuve— dando vida a personajes de cartón piedra conectados por el voyeurismo y la obsesión que siembra la sombra de la sospecha consigue hacer que merezca la pena la extenuante espera hasta que las primeras grietas empiezan a hacer mella en sus dinámicas. Para entonces, uno está tan convencido como los propios implicados de que este trampantojo no va a llegar a ninguna parte con nuestro tiempo.
Miguel Ángel Espelosín
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