Crónica desde Cannes 2026: 21 de mayo

Crónica desde Cannes 2026 con críticas de La Bataille de Gaulle: L’Âge de ferVictorian PsychoLa bola negra y Coward, la nueva joya bélica de Lukas Dhont.

Cannes 2026 llega a su cierre con una última jornada marcada por el cine histórico, el terror gótico, la ambición española y una de las grandes sorpresas emocionales del festival. Antonin Baudry revisa la figura de Charles de Gaulle en La Bataille de Gaulle: L’Âge de fer, Maika Monroe se entrega al desparrame victoriano de Victorian Psycho, Los Javis dividen con la irregular pero poderosa La bola negra y Lukas Dhont firma con Coward una historia de amor en las trincheras llamada a perdurar entre lo mejor de esta edición.

La Bataille de Gaulle: L’Âge de fer de Antonin Baudry ★★½☆☆

En los últimos años, Cannes también ha asumido una función extra de perfecto escaparate para el blockbusterfrancófono anual con el que exprimir una fórmula que tantas alegrías de taquilla está dando al revisionar al legendario galo, desde Dumas hasta las figuras heroicas contemporáneas.

Este año le ha tocado el turno, por partida doble, a la figura del general Charles de Gaulle, con un ambicioso díptico del que, por ahora, solo hemos podido ver su mastodóntica primera parte. La cinta de Antonin Baudry propone recorrer, sin apenas recursos elípticos, la lucha del mítico militar contra todo y todos desde que Alemania rompe la línea Maginot hasta el desembarco estadounidense en Argelia, primer golpe al mariscal Pétain. Queda para el futuro el avance victorioso por Europa ante el repliegue nazi.

Respetando los vicios de sus predecesoras, esta L’Âge de fer apuesta por el entretenimiento agradable, sin pretensiones, dramatizando sin pudor cada mínimo detalle de un esquemático progreso narrativo más digno del libro de Historia del instituto que de un estudio pormenorizado de sus figuras. Toda una celebración patriótica en la que las sombras de sus protagonistas están presentes, pero abiertamente diluidas para no pelearse con el espíritu lúdico de una propuesta que nunca esconde funcionar mucho mejor en la precipitación que en el estatismo.

Cuando la increíble banda sonora de Volker Bertelmann, de evidente inspiración en los ritmos de la unión Nolan-Zimmer, abre las puertas al thriller vertiginoso o al bélico puro y duro —la muy notable sección africana—, la película hace olvidar tanto su factura televisiva condensada como lo irregular de un metraje empeñado en rellenar con subtramas menores el vacío que deja no poder tener permanentemente en pantalla a pesos pesados como Simon Abkarian o Benoît Magimel.

Crónicas desde Cannes 2026

Victorian Psycho de Zachary Wigon ★★★☆☆

No es muy frecuente poder disfrutar, entre la pomposidad de La Croisette, de viajes a los géneros más gozosamente clásicos del panorama cinematográfico. Por eso resulta sorprendente que haya habido cabida en competición, aunque menor, para una cinta tan feliz en su condición de pastiche horror gothic: con un pie en Sheridan Le Fanu, otro en la celebración de serie B y los dos juntos en la gloriosa reivindicación de la justificable locura feminista para un mundo sin miramientos.

Esta cinta sobre una institutriz desquiciada que entra al servicio de una familia aún más desquiciada es un festín endiabladamente divertido que no se deja nada desde la malicia de un guion —con firma española— muy consciente de dónde están los límites de su propuesta. Intenciones que Maika Monroe se encarga de cumplir sobradamente mediante una entrega al festival de las muecas absolutamente deliciosa. La entrega de la actriz de Longlegs conjuga fabulosamente con este sanguinario tren de la bruja, menos atmosférico que cachondo, a pesar de contar con una de esas direcciones de arte que tanto juguetean con la idiosincrasia victoriana de las velas, los vestidos, los castillos y la campiña nublada.

No obstante, la única, aunque remarcable, pega de esta must see para el próximo Festival de Sitges la encontramos en otra de esas bajadas de calzón que inexplicablemente anegan el género. Después de una construcción diligente del desparrame psicológico, sencillamente no puedes entregar otro de esos clímax a medio gas que apartan la mirada y nos niegan las vísceras. Si eres gamberro, sélo con todas las consecuencias: clavando el cuchillo y no quedándote en las palabras.

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La bola negra de Javier Calvo y Javier Ambrossi ★★½☆☆

Tres capas narrativas entretejen la elegía a Lorca con la que Los Javis pretenden reconstruir el dolor homosexual de la España enterrada, una nación de fosas comunes donde no solo se perdieron vidas y futuros, sino también mundos enteros que tardaron demasiado tiempo en recuperarse. Una empresa tan compleja como ambiciosa de la que los directores salen trasquilados por pura inocencia artística.

Esta La bola negra se despliega, tras un prodigioso prólogo, en forma de irregular collage temporal entrelazado por las resonancias que los secretos y las consecuencias de la Guerra Civil española fundan en torno a una obra perdida de Federico García Lorca. Toda ella está recorrida por un rabioso grito de desesperación que a veces impacta, pero muchas otras —la mayoría— bordea un ridículo probatorio de la ausencia de un control que se les desparrama por todas partes. Incluso podría haber sido un gran canto intergeneracional, exagerado y naíf, a la libertad del amor, si no fuese por ese guion de brocha gorda con el que despeñan el conjunto por el precipicio de lo fácil, de lo zafio y lo burdo. Justo lo que España no echa en falta ahora mismo.

El preciosismo formal, eso sí, arrebata cada vez que los diálogos frívolos o algunas interpretaciones de medio pelo no hacen de las suyas. La visión para la puesta en escena de estos dos directores es tan descomunal que podrías pasarte toda la película absorto y deseando que fuese muda, que cesase el espantoso subrayado verbal y dejasen respirar a unas imágenes descomunales con la intención de la grandeza de lo pictórico. Lamentablemente, Calvo y Ambrossi están demasiado ensordecidos por el recitar del poeta granadino, por acercarse al neorrealismo italiano y por resultar relevantes, hasta el punto de que parecen no escuchar nunca a unos personajes que piden a gritos más atención: algo de mimo y corporeidad lejos del tópico. Una decepción en forma de belleza plastificada, mucho más fácil de amar desde la distancia de una vitrina que desde la emoción del corazón.

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Coward de Lukas Dhont ★★★★☆

La película con la que cerramos definitivamente las crónicas de Cannes 2026 fue justo la alegría que necesitaba para despedirme de este festival como se merece.

Creo que nunca nadie antes había yuxtapuesto de manera tan contundente los conceptos de la traición a la patria y de la supuesta deslealtad a los principios de la masculinidad en el marco de una guerra. Un marco que el género bélico siempre se ha encargado de subrayar como un hábitat de virilidad, pero generalmente desde la óptica de la amistad. En Coward, Lukas Dhont nos habla con sensibilidad inusitada del milagro de encontrar el amor y la valentía para aceptarse precisamente al borde de la muerte y como contraprestación a lo que los demás perciben como cobardía. Lo hace situándonos en la atmósfera opresiva de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, concretamente en la piel de un soldado belga de los cuerpos de refresco, acercándose a las formas de El hijo de Saúl, donde la cámara nos ciñe al rostro y la nuca del protagonista mientras carga por igual obuses y muertos, recoge caídos y repara alambradas entre aullidos de dolor cuya reverberación luego palian cantando y enalteciendo su valor, aunque con el matiz de quien mira de reojo al abismo.

Es con la irrupción del camarada del que se enamora cuando Dhont, por fin, oxigena el plano y a su protagonista, permitiendo que solo este salvador pueda entrar en el microcosmos de un individuo encerrado en el miedo de las batallas simultáneas que vive. Además, su presencia conduce el filme a derroteros más físicos, en los que el contacto de los cuerpos contrasta agresivamente con una violencia de la que nunca rehúye, y añade, mediante el viaje de la compañía teatral a la que se incorpora, otra reflexión a las capas de narrativa: la del arte como la más bella escapatoria al caos.

Coward es cine hondo, vivo, valioso y raro —especialmente raro— por cómo crea, sin aspavientos ni las pretensiones grandilocuentes que tanto pueblan el mejor cine bélico, una de las historias de amor más deliciosas de los últimos años. Otra joya de final milimétrico con la que engarzar la brillante filmografía del director de Girl y Close, al mismo tiempo que damos carpetazo a esta cobertura con una sonrisa y una lágrima.

Miguel Ángel Espelosín

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Crónica desde Cannes 2026

Miguel Ángel Espelosin
Amante del audiovisual cultivado entre las páginas de Acción y coleccionista de físico. Con la mirada siempre puesta en el cine de festivales y autores

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