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martes, mayo 21, 2024
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Un largo viaje ***

Un largo viaje ***Un largo viaje, competente mezcla de intriga, campos de concentración y romance.

Toda película es como experimentar un sueño. Y en los primeros momentos de este largometraje, en el tren, en el encuentro del protagonista con Nicole Kidman ese sueño adquiere rápidamente el aroma del cine clásico. Al estilo, por ejemplo, de Breve encuentro, un clásico del cine romántico dirigido por David Lean en 1945, que está citado como referente en el propio diálogo del largometraje. La cita se importante y pertinente, porque Lean va a reaparecer posteriormente como referencia en el relato con otro de sus clásicos, El puente sobre el río Kwai, que dirigió en 1957 y que claramente también ha servido como inspiración para Un largo viaje en lo referido a los flashback en el campo de concentración, si bien en mi opinión el estilo más dramático que épico, la absoluta ausencia del concepto de aventura bélica que sí estaba en la película de Lean pero no aparece en ésta visión de los campos de concentración japoneses, hacen que el tono esté más cerca de Feliz Navidad, Mr. Lawrence, dirigida por Nagisa Oshima en 1983.




Volviendo al arranque de la historia, que se mueve todavía en el territorio del cine romántico, aclaro que para mí una historia de amor en el cine funciona sólo si empezamos a mirar al ser amado a través de los ojos del o de la protagonista. En este caso la prueba definitiva de que al historia de amor que nos propone Un largo viaje funciona, y eso es importante, porque sobre la misma se sustenta todo lo que viene después, radica en la secuencia que nos muestra a Colin Firth y Nicole Kidman en la cocina de la casa de él, en el momento en que él le dice a ella que no toque la cazuela en la que está cocinando la comida, porque la está mirando. Y cuando lo dice, nosotros miramos también a Nicole Kidman con los ojos de él. Dicho sea de paso una Nicole Kidman que es una versión visualmente más cercana y agradable que la de años atrás, con el rostro de una Kidman que ha aceptado de algún modo el paso del tiempo liberándose del lastre de una cirugía que la había convertido en una muñeca inexpresiva, lejana y ajena, fría, una muñeca de plástico congelada en el rictus del botox. Si fuera posible jugar con la memoria cinéfila del espectador podríamos decir que la pareja protagonista que nos propone la película es así un Colin Firth que nuevamente nos recuerda al gran Michael Caine junto a una Nicole Kidman en un registro que le habría venido como un guante bien ajustado a Ingrid Bergman en su etapa de madurez.

Solucionada la primar parte del romance que sirve para entrar en la trama, con gran fluidez y dinamismo, la película incluye un detalle notable en las imágenes de la boda, con el saludo y los rostros felices por la felicidad ajena del compañero veterano que expresan solidaridad y lealtad, pero al mismo tiempo sirven como pincelada que anticipa la nueva fase en la que va a entrar el relato a través del flashback que nos lleva con el protagonista de vuelta al campo de concentración japonés. Es ahí donde el sueño romántico empieza a convertirse en pesadilla, al mismo tiempo que la películas se va transformando con el gran Stellan Skarsgaard en clave de narrador, en una odisea de supervivencia. Dejamos los años ochenta y volvemos a la caída de Singapur el 15 de febrero de 1942, mientras el director va difuminando las fronteras cronológicas y materiales del relato, las líneas que separan la actualidad del pasado, la realidad de la ensoñación de la memoria, utilizando imágenes en que el protagonista va convirtiéndose en sombra de sí mismo.

De ese modo se abre el hueco a la guerra en la historia de amor, sin  que la historia de amor desaparezca y manteniendo el protagonismo femenino del personaje de Kidman en una historia de hombres, como materializa ese plano en el que vemos a la esposa del protagonista entrar en el centro de reunión de los veteranos.

El director mantiene perfecto equilibrio entre los temas de la película, el pasado que destruye el presente, la culpa, la memoria, las sombras.

Y nos lleva hacia el tercer giro de su propuesta internándose en el territorio de la intriga con la reaparición del oficial japonés en la actualidad del protagonista.

Un ejercicio muy interesante de recuperación de temas, personajes, situaciones y claves visuales del cine clásico –los planos en la playa, junto al mar, son muy David Lean, por ejemplo- que merece la pena ver.

Miguel Juan Payán

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