Crítica de Atrapando a un monstruo, película dirigida por Bryan Fuller, con Mads Mikkelsen, Sophie Sloan y Sigourney Weaver.
Alicia en el País de las Maravillas, cambiando Sombrerero Loco por asesino a sueldo.
Curiosa variante del cuento de hadas narrado desde los ojos de una infancia tardía y caduca —que se niega a envejecer y prefiere inmolarse en una fábula escapista de monstruos y violencia—, buscando la revelación de sus verdaderos complejos.
Atrapando a un monstruo se sostiene esencialmente por la personalidad y la solidez ante las cámaras de su protagonista, Sophie Sloan, capaz de medirse en igualdad de condiciones con los dos pesos pesados que le sirven como guardaespaldas y refuerzos en esta entretenida peripecia: Mads Mikkelsen y Sigourney Weaver.
Lo mejor de la película reposa sobre los hombros de este bien conjuntado trío, que desarrolla una complicidad muy especial en pantalla, respaldado por un despliegue de disparatado talento en la decoración —que casi merece ser considerada coprotagonista de la película—.

Algo ya visto, pero entretenido.
Desarrollada eminentemente en interiores —o en falseados exteriores/interiores de una ciudad que es puro ejercicio naífde decoración de estudio en su vertiente más cercana al falseamiento de los espacios y la realidad, aplicado en el cine más clásico del Hollywood más escapista—, Atrapando a un monstruo me produce la sensación de estar viendo algo que ya he visto: una especie de disparate ambiguo mutante surgido del cruce entre Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001), El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Un monstruo viene a verme (J. A. Bayona, 2016) y El profesional (Léon) (Luc Besson, 1994), con la importante diferencia de que todas ellas eran cuentos de hadas para adultos mucho más oscuros —incluso en los momentos más supuestamente ingenuos y optimistas de la primera— y con un arco de desarrollo más completo y complejo, tanto en sus personajes como en sus tramas.

Estancada en una anécdota argumental de cortometraje o capítulo de televisión.
Por el contrario, Atrapando a un monstruo no acaba de decantarse por definir sus verdaderas intenciones y personalidad, y prefiere estancarse en la pirotecnia visual sobre el desarrollo de contenido, jugando con referencias a veces demasiado obvias —como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas—, guiños como el chiste de la mandíbula del personaje de Sigourney Weaver como una variante de la Reina de Corazones, o la pelea en el callejón de un Mikkelsen ejerciendo como Sombrerero Loco, que ya ha pasado por los territorios del cine de acción sobre asesinos a sueldo en la adaptación de la novela gráfica Polar (Jonas Åkerlund, 2019).
Frente a esos referentes cinematográficos más obvios, Atrapando a un monstruo parece empeñada en convertirse en la variante de hacienda de Un monstruo viene a verme, quedándose atrapada en un argumento que no es capaz de ir más allá de su anécdota —más propia de un cortometraje— y en la precipitada resolución de su desenlace hace notar la falta de imaginación a la hora de resolver su trama con una salida capaz de hacer realidad las promesas de todo el entramado de incógnitas y dudas sembradas en el resto de la película.
Bryan Fuller —director forjado en el medio televisivo— parece empeñado en aplicarle a este largometraje claves de desarrollo más propias de los capítulos de un producto para la pequeña pantalla, pero, al menos por ese camino más cercano al telefilme para emisión en abierto que a las actuales producciones de largometraje para plataformas, y respaldado por sus actores, saca adelante un entretenimiento que consigue mantener nuestro interés hasta que revela sus cartas y cae en el territorio de lo previsible, no solo en la resolución del enigma central sobre la imaginación de Aurora, sino también en la revelación del conflicto que define a los personajes de Mikkelsen y Weaver.
Miguel Juan Payán
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Crítica de Atrapando a un monstruo



