Crítica de Buena suerte pásalo bien no mueras, película dirigida por Gore Verbinski, con Sam Rockwell, Haley Lu Richardson y Michael Peña.
Tratado sobre los miedos de nuestro tiempo traducidos con fusión de géneros cinematográficos.
Los puntos más frágiles y problemáticos de la sociedad de nuestros días quedan puestos de manifiesto desde la parodia y el sarcasmo, siguiendo la fórmula y los guiños a clásicos de la ciencia ficción, como tres películas que, en décadas diferentes, coinciden en su tema central con Buena suerte, pásalo bien, no mueras: el pánico a la existencia.
Reparto coral y puzle de subtemas
Un pánico que queda materializado en todas estas películas a través de un puzle de subtemas, como el destino inextricable, la identidad, la necesidad de validación ajena, el conflicto y el abismo generacional que convierte a los adolescentes en una pesadilla, el infantilismo prolongado en modo pandemia de Peter Pan —con el corolario de la negativa a adquirir responsabilidades en los adultos que se niegan a crecer y comprometerse—, el sacrificio de nuestro tiempo, nuestra vida privada, nuestra personalidad y, en general, nuestra realidad en el altar de las nuevas tecnologías y las redes sociales, una vulnerabilidad emocional creciente y, en general, el miedo a la violencia y la muerte, que busca falsas puertas de emergencia para escapar de la realidad, entregándonos a todo tipo de placebos que nos alejen de las luces y sombras de la cotidianeidad.
Es significativo que sean la fantasía, la ciencia ficción y el terror los tres géneros presentes en la fusión de todas estas películas, que, cada una a su desigual manera, juegan con la ruptura existencialista con el racionalismo y el empirismo para trasladarnos a un mundo disparatado en el que, primero, se difuminan y, más tarde, se deforman, con tintes de pesadilla mediática, las fronteras de la humanidad, la libertad y la responsabilidad, entrando en un subjetivismo extremo que lleva a los personajes de estas fábulas a un laberinto donde se dibuja su angustia existencial.

El horror cotidiano tejido con el hilo de lo fantástico
Lo interesante de este festival de giros y guiños argumentales es cómo el director Gore Verbinski y el guionista Matthew Robinson plasman en la pantalla este viaje con arrebatos de nihilismo gamberro y totalmente desinhibido, que brillan en todos los personajes en algún momento de la trama.
Verbinski y Robinson construyen una elaborada tela de araña por la que mueven a su reparto de protagonismo coral de manera sencilla, dando otra vuelta a los arquetipos y lugares comunes de las fórmulas argumentales, y jugando la baza del flashback sin que este enturbie el ritmo general de todo el relato. De ese modo, proporcionan al espectador un combinado de la cotidianeidad trágica o desesperadamente frustrante, estúpida y anodina que nos rodea con un resolutivo entramado de guiños a títulos, personajes, argumentos y momentos de los clásicos de los géneros que aglutina la trama, recubriendo el conjunto con un baño de paranoia que propicia la introducción del sarcasmo más cínico en todos y cada uno de los pasos que dan los personajes en su cruzada para salvar el mundo tal y como lo conocemos, o creemos conocerlo.

Temas serios y humor gamberro
La película es así capaz de navegar por temas muy duros aplicando un sentido del humor gamberro muy saludable para tratar con asuntos tan serios como la superación de la pérdida, el peso de la culpa, el rechazo social y los abusos, trasladándolos al territorio de las fórmulas clásicas del género fantástico, de terror o de la ciencia ficción, que, alternativamente, como en una carrera de relevos, se van pasando el testigo para servir como capa externa de lo que, en el epicentro de su contenido, es una tragedia sobre el estancamiento de nuestra sociedad, pero sin grandes dramas, con mucha mala leche y mucha risa, desplegando una estructura de parodia de los propios géneros que visita, que la acercan en su estructura de conjunto a. Tal como le ocurriera a aquella, en su tercer acto incurre en alargar demasiado la broma y recrearse en un desenlace que, no por ser visualmente espectacular, resulta menos tópico y repetitivo, y que se prolonga demasiado.
Entra aquí en conflicto el tono de serie B que ha manejado como sustrato de su argumento con habilidad en el primer y segundo acto, con unas inesperadas e innecesarias aspiraciones de gran final pirotécnico al estilo Spielberg, que ni vienen a cuento ni aportan gran cosa a todo lo anterior e, incluso, restan solidez a lo narrado hasta ese momento.
Miguel Juan Payán
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Crítica de Buena suerte pásalo bien no mueras



