Crítica de El ser querido película dirigida por Rodrigo Sorogoyen, con Javier Bardem, Victoria Luengo, Raúl Arévalo, Marina Foïs y Mourad Ouani.
El mejor Javier Bardem de siempre lidera el apocalíptico reverso tormentoso del proceso artístico como sanación.
Un pequeño paso para Sorogoyen, un gran salto para el cine español.
No solo la carrera de Rodrigo Sorogoyen, sino también la actualidad del cine español, ha dado un paso muy relevante con El ser querido, una cinta estrenada con la siempre pesada losa de la comparación y que, a base de puro fuego cinematográfico, ha barrido cualquier sospecha y, de paso, ha demostrado que la ambición es un adjetivo que nuestro cine ya no puede esquivar nunca jamás.
La película con la que el director de As bestas se estrena en la carrera por la Palma de Oro es el brutal reverso excesivo y desmedido de Sentimental Value, de Joachim Trier, sí, pero también la constatación de que su techo, si es que existe, solo es medible bajo unas capacidades propias que ahora mismo nos son del todo desconocidas. Sorogoyen, un autor que es capaz de imponerle a cualquier historia el alto voltaje de la acción sin frenos, no podía hablarnos del poder sanador del arte desde la distancia escandinava ni podía recurrir a Bergman para sacar a la luz las grietas genealógicas que nos recorren —a pesar de hacer un magnífico chascarrillo al respecto—. Su búsqueda de catarsis entre un director español y una hija actriz a la que abandonó y que ahora pretende rescatar para un nuevo filme se baña en el mismo arrebato ibérico con el que, en la Galicia profunda, amenazaba la invasión gala o con el que el cuerpo de antidisturbios aporreaba la puerta de edificios infestados de okupas.

La tormenta audiovisual del reconciliarse
Tras una larguísima secuencia inicial que te clava a la butaca y a sus personajes, lo que acontece es un auténtico homenaje a la seguridad como artista y a la libertad creativa, donde se nos lanza hasta el paroxismo una cantidad descomunal de recursos estéticos en continua verbena visual. Pasamos de la invasión íntima, cámara al hombro, a la majestuosidad del celuloide y, de ahí, a la deformación del scope. Del encajonamiento en 4:3 al dilatado espectáculo panorámico. De la desbordante importancia del color a la textura del grano y también a un oportuno blanco y negro que nos introduce intermitentemente en las almas atormentadas de los protagonistas. Toda una experiencia fascinante, sin secuencia repetida en planteamiento o ejecución, pensada para la pantalla que mejor resalte la grandeza del cine, de la que se sale tan agotado como fascinado y, sin embargo, unido a esa reparadora sensación del descanso tras la tormenta.
Una muy arriesgada decisión formal, justificada en la volatilidad de unos personajes que, más que acercar posturas, parecen desgarrarse las heridas a cada ladrillo con el que construyen su filme sobre el Sáhara Occidental. La amenaza del descarrilamiento es tan permanente como impresionantemente manejada, con la habilidad de un auténtico mago emocional, por Sorogoyen —con una lista interminable de los mejores ejemplos de lenguaje cinematográfico— y la única decisión posible de casting: contar con unos intérpretes tan genuinos que no solo no se hundan bajo su peso, sino que aviven la voracidad y el nervio de esta bomba paternofilial.
Dos actores de Óscar
Un Javier Bardem, merecedor de acompañar el Óscar de su Anton Chigurh con otro en el que se lea Esteban Martínez, es la dinamita en forma de artista ególatra; y la rabia de Victoria Luengo, la mecha prendida que hace estallar una y otra vez un relato pendiente siempre de la belleza del gesto y la clarividencia en el diálogo —otro libreto digno de estudio de Isabel Peña—. Dos trabajos actorales trascendentales y una combinación ganadora que articula momentos de contacto íntimo y espectaculares incendios en los que Sorogoyen saca toda su mala baba, como la ya inolvidable secuencia en torno al rodaje de una simple comida que termina en tronchante desastre monumental y luego en absoluta congoja sobre los demonios del proceso creativo.
No pretendan encontrar en El ser querido ningún rastro de una bella mesura, ya que para Rodrigo Sorogoyen eso no tiene nada que ver con el doloroso acto de desinfectar una herida sangrante e infectada ni con el violento acto de sacar todo lo que tienes dentro y exponerlo en una pantalla o frente a la persona que más amas. Expiar los pecados es una putada asfixiante. Igual que hacer cine.
Miguel Ángel Espelosín
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Crítica de El ser querido



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