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Crítica de Good Boy, película dirigida por Ben Leonberg, con Shane Jensen, Arielle Friedman, Larry Fessenden y Stuart Rudin.
Una película de terror que sorprende por estar contada desde el punto de vista del perro —y eso hace que funcione—.
¿De qué va Good Boy?
Cuando un perro se muda con su amo a la antigua casa de la familia, empiezan a suceder hechos inexplicables de los que solo parece percatarse el acompañante canino, quien nota cómo fuerzas sobrenaturales amenazan a su dueño. Quizá él sea el único que puede protegerlo de un peligro del que no es consciente y que puede acabar con su vida.
Cine de terror desde un nuevo punto de vista
Historias de casas encantadas, maldiciones o amenazas sobrenaturales hemos visto centenares. Pero lo que no habíamos visto hasta ahora es una película de terror narrada desde el punto de vista de un perro, que se convierte en guardián y único protector de su dueño en una cinta que sabe muy bien lo que quiere contar y cómo contarlo. Evidentemente, ese giro es lo que hace de Good Boy un proyecto fascinante, porque vemos las cosas con una perspectiva única: la de un personaje que no puede hablar ni explicar lo que está sucediendo de forma clara. Solo puede esperar ser comprendido y luchar con todo lo que tiene por quien es su familia.

De hecho, siempre se ha dicho que los animales pueden ver cosas que los humanos no podemos, que son capaces de percibir incluso elementos del más allá cuando se quedan mirando fijamente a un punto en el que no hay nada. Good Boy apuesta por ello y desarrolla todo desde esa perspectiva. El cineasta Ben Leonberg, que debuta en el largometraje con esta película —en la que también ha participado en el guion—, se esfuerza en todo momento para que solo veamos la historia a través de los ojos de Indy, el protagonista canino. O no exactamente a través de sus ojos, sino con la cámara centrada en él y en su particular visión del mundo.
Aquí los humanos importan poco, o menos que en otras películas, porque ni siquiera vemos sus caras. Lo que importa es Indy y su enorme carisma. Han elegido al perro perfecto para protagonizar la historia, y nuestro peludo amigo se está llevando elogios por doquier, sobre todo por el carisma que tiene, que nos hace sentir el miedo, la tensión y la preocupación con él. Pero, claro, no hay desarrollo de personajes ni forma de hacer crecer la historia y el drama a través de la evolución. Y, evidentemente, eso limita la película.

La duración más ajustada del año
Sabiendo que no hay posible desarrollo de personaje ni evolución, Leonberg comprende que no puede ni debe alargar la duración de la película. Setenta y dos minutos —con títulos de crédito incluidos— le bastan para contarnos lo que quiere contarnos. No necesita más. Es imposible aburrirse, porque apenas supera la hora de metraje. Cuando quieres darte cuenta, ya ha terminado. Y, además, deja un sabor delicioso de boca. Con inteligencia, ritmo y muy buen saber hacer.
Por ejemplo, con la ambientación —magnífica— y la maravillosa puesta en escena. Funcionan muy bien y nos trasladan al particular universo de Indy y a cómo ve él el mundo. Pero, ojo, no nos pasemos: no es la revolución que algunos auguran ni marcará un antes y un después en el género. Es una cautivadora película de terror —tensa, inteligente y refrescante—, pero nada más. Queda aún lejos de algunas de las mejores propuestas del año. Sin embargo, todo fan del terror que se precie debe darle una oportunidad sin dudarlo.
Jesús Usero
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Crítica de Good Boy



