Crítica de La novia (2026) ★★★½☆ — estimulante relectura de Frankenstein

Crítica de La novia, de Maggie Gyllenhaal, con Jessie Buckley, Christian Bale, Jake Gyllenhaal y Peter Sarsgaard.

Declaración de amor al Hollywood clásico capaz de sorprender, y también de despistar.

Crítica de La novia (2026), la ambiciosa reinterpretación de Frankenstein dirigida por Maggie Gyllenhaal y protagonizada por Jessie Buckley y Christian Bale. Un homenaje al Hollywood clásico que mezcla cine de gánsteres, musical y fantasía con resultados tan estimulantes como irregulares.

La directora nos ofrece una visión con gran personalidad de Frankenstein que se asienta sobre el reencuentro con la mitología del personaje extraída del clásico de Universal La novia de Frankenstein (James Whale, 1935). Y a su receta de amor por el cine clásico de la era dorada suma la fusión de ese punto de partida con el carisma visual del cine de gánsteres, más pinceladas musicales hijas de su afecto por las películas de Fred Astaire y Ginger Rogers. Completa su colección de guiños y referencias con una segunda parte que nos trae a la memoria Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967).

Jugando en las fronteras de la ficción

Maggie Gyllenhaal sigue adelante con una seductora y estimulante propuesta visual que hábilmente trasciende las fronteras de las distintas capas de su ficción, planteando un viaje de aire onírico en el cual usa una y otra vez la referencia del cine dentro del cine para situarnos en un papel de espectadores activos y participativos.

En sus mejores momentos, la película consigue que personajes y espectadores saltemos con fluidez las fronteras que, en el seno de su relato, dividen lo real ficticio y la ficción devorada por la ficción —de lo que se traduce una estimulante experiencia—. Entretiene y, al mismo tiempo, nos invita a jugar y entregarnos a su reto: el uso de la fábula imaginaria como arma de denuncia e instrumento de reflexión.

Crítica de La novia

Perdiéndose en el camino de baldosas amarillas

Pero en su paseo por esa especie de camino de baldosas amarillas —como una nueva Dorothy que se encamina a su propia versión del país de Oz—, Maggie Gyllenhaal, que no obstante promete ser en el futuro una directora muy interesante a seguir de cara a sus próximos proyectos, empieza a extraviarse hacia la mitad de su película. Se muestra dubitativa e indecisa frente al mejor uso de las posibilidades visuales y narrativas que ha sembrado al principio en torno a su singular narradora, Mary Shelley.

Esa es quizá la mejor idea de su película: una buena idea que no llega a contar con un desarrollo posterior tan potente como el que prometía en su arranque. Lamentablemente, eso mismo ocurre con otras de sus propuestas.

Como consecuencia de ello, La novia es muy prometedora y estimulante en sus principios, dominados por la química del dúo que forman Annette Bening y Christian Bale, marcando el tono entre la comedia caricaturesca y el homenaje de segunda lectura del mito de Frankenstein como arquetipo. De paso, realiza un inteligente análisis de las claves de ingenuidad presentes en los géneros del cine clásico de Hollywood.

Pero luego la propuesta afloja y se pierde cuando intenta desarrollar la subtrama de gánsteres y los personajes del detective y su compañera —Sarsgaard y Penélope Cruz—, que frenan la trama sin aportar a la misma el oxígeno de cambio de perspectiva entre perseguidores y perseguidos que se esperaría de ellos. Son un lastre, consecuencia de la búsqueda de una manera de hacer progresar el relato y de hacer llegar información al espectador.

Pero incluso en su fase final, como herramientas de revelación, quedan mucho más planos y menos interesantes que todo lo que rodea a Frankenstein y a la Novia, cuyo viaje de huida al estilo Bonnie and Clyde resulta mucho más interesante que el periplo o las explicaciones de los dos detectives.

Crítica de La novia

Se produce así la impresión de que, a partir del número musical —que parece inspirado por el momento musical del desenlace del clásico de la comedia de los años setenta El jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974)—, llevado a un territorio que mejora cualquier intento de introducir el musical en la segunda película de Joker con Lady Gaga, la película empieza a decaer, zambulléndose en sus guiños en lugar de buscar el remate en el tercer acto de los muchos frentes que tiene abiertos. Entre ellos se incluye la trama de reivindicación femenina tejida con los hilos de la parodia, que al menos a mí me ha recordado el desenlace caótico de la película Joker (Todd Phillips, 2019).

En el desenlace, tras toda esa selva de guiños, homenajes, influencias e inspiraciones, lo que se nos propone es una historia de amor más tópica y simplona, más plana que las promesas con las que arrancó la película, que va de más a menos en su metraje.

Miguel Juan Payán

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Crítica de La novia

Miguel Juan Payán
Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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