Crítica de Movida celestial, película dirigida por Aziz Ansari con Seth Rogen, Aziz Ansari, Keke Palmer y Keanu Reeves.
En los tiempos que estamos viviendo, y cuando la mayoría de los días parece que la civilización, tal como la conocemos, se resquebraja ante nuestros ojos sin que queramos o podamos hacer nada por evitarlo, una película como Movida celestial admite dos lecturas.
Frank Capra… tan lejos, tan cerca…
O es una comedia demasiado amable y algo trasnochada que recuerda argumentalmente a ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra. Esto es: escapismo puro y duro, con el buen rollo humanista como consigna —y excusa— y, por lo tanto, absolutamente inútil a la hora de denunciar los problemas que aborda; puro placebo con buenas intenciones.
O es un sano ejercicio de escapismo de la realidad que voluntariamente cae en todo aquello que critica y, desde esa perspectiva, se convierte en un retrato inteligente del mundo en que vivimos y, más concretamente, del capitalismo que, en su fase más salvaje, está aniquilando todas las fantasías de la clase media para mostrar su verdadera máscara depredadora. Nos conduce hacia un mundo en el que a la mayoría solo nos espera ser esclavos, mientras que, perdidos en nuestras fábulas materialistas —que la tecnología hace cada vez más artificiosas—, dejamos que una minoría decreciente, pero cada vez más rica y poderosa, no dude en aumentar el nivel de explotación de la mayoría. Así, desarma los cuentos de la burguesía conformista que consumimos alegremente como una especie de soma digno de una versión más dulce, pero no por ello menos tremebunda y oscura, de la pesadilla diseñada por Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz.

De las dos opciones, el burguesito autocomplaciente que llevo dentro y que ha sonreído varias veces viendo esta película quiere quedarse con la segunda opción, pero mi modo tipo que sale a la calle y se da de manos a boca con la realidad prefiere optar por la primera.
Y como al burguesito autocomplaciente, digno heredero de los distópicos resignados de las novelas de Philip K. Dick, ya le dan voz y voto por todas partes los medios escapistas de comunicación, mejor voy a darme el gusto de dejar que salga a pasear el tipo que se tropieza con la realidad.
Y la realidad no pide este tipo de película escapista y amable, que pasa de puntillas por los temas más urgentes del deterioro social galopante, sino mucha más mala leche y vitriolo a la hora de ponerse las pilas para dibujar lo que no queremos ver cada día en las calles de nuestras ciudades, que podría definirse como un fracaso social en toda regla. El fin de los sueños utópicos a lo largo y ancho del planeta y, ojo, muy importante tener esto en cuenta, sea cual sea el color político del gobierno que perpetra la catástrofe o es cómplice convicto y confeso de ella.
El problema de Movida celestial, película entretenida, es que desperdicia una estupenda oportunidad para ser algo más que entretenida y prefiere quedarse en la zona de confort del producto que juega a ser denuncia sin atreverse a serlo demasiado, no sea que se ofenda algún tentáculo de la oligarquía reinante y la liemos parda.
Le falta el punto gamberro y le sobra el falso gamberrismo amable y domesticado que suele gastarse en sus propuestas Seth Rogen, un diletante de salón que, para más escarnio, se reserva en esta ocasión un discursito final para dejar claro que, en todo este enredo de comedia con poco nervio y capacidad para mover a debate, perfectamente olvidable en el momento en que se proyecta la última escena en la pantalla, aunque lo que realmente provoca es la sensación de que está devaluando un concepto tan esencial como es la toma de conciencia para atreverse a intentar frenar lo que está ocurriendo.

Protagonismo en conflicto
El otro problema que tiene Movida celestial es que lucha con un protagonismo poco definido y en conflicto. Lo realmente interesante, tanto por actor como por diseño y conflicto del personaje que interpreta, que está a años luz de todo lo que le rodea, es el ángel torpe de Keanu Reeves. Ahí está la verdadera alma de la película y su mejor punto de partida y recurso para desarrollar una denuncia más vitriólica y necesaria sobre la explotación de los falsos sueños materialistas del personal y el colapso de la sociedad estadounidense que, como suele suceder, nos acabará arrastrando a todos porque solo es el espejo magnificado por el cine de todo lo que está ocurriendo en el resto del mundo.
El personaje de Seth Rogen no interesa nada; de hecho, apenas está desarrollado narrativamente y es un más de lo mismo en boceto repetido durante todo el metraje.
Y el personaje interpretado por Aziz Ansari, desdoblado como supuesto protagonista y director, es interesante, pero sorprendentemente acaba reducido a una complaciente trama romántica totalmente tópica que finalmente incluso nos vende las mismas fábulas que en principio criticaba frente al niño.
Una variante ligerita y sin vitriolo de ¡Qué bello es vivir! —Frank Capra, 1946—, pero sin los espolones de cinismo que ocultaba el buen rollo de las mejores obras de ese director, como Caballero sin espada (1939) o Juan Nadie (1941).
Un acto fallido de Freud, o un gatillazo de denuncia en modo potito de bebé para que no se nos indigeste mucho, no sea que tengan que cambiarnos los pañales antes de tiempo.
Deberes para el lector de todo esto: imaginen esta misma propuesta filmada, por ejemplo, en Inglaterra, y lo mismo así queda algo más claro qué es lo que está fallando en el cine estadounidense.
Miguel Juan Payán
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