Crítica de Puñales por la espalda: De entre los muertos, película dirigida por Rian Johnson con Daniel Craig, Josh O’Connor y Glenn Close.
Una entrega más madura, oscura y solemne, pero tan deliciosa en su sátira política como sus predecesoras.
Un donut lleno de agujeros
El incisivo detective Benoit Blanc (Daniel Craig) describía en Puñales por la espalda (2019) el misterio de la muerte de Harlan Thrombey como un donut dentro de un donut. Una divertida expresión acuñada para aglutinar que, en la ausencia de la pieza esencial del rompecabezas, también existía otro vacío imprescindible de rellenar, mientras se jugaba irónicamente con el término whodunnit —contracción inglesa de ¿quién lo ha hecho?, empleada para referirse a las películas de misterio y asesinato—.
En esa época prepandemia y con un único mandato de Donald Trump, a Rian Johnson, autor eminentemente político, aún le interesaban en igual medida los mecanismos circenses del murder mystery y la crítica a la estupidez de las clases adineradas. Por eso parió una sublime vuelta de tuerca al concepto del Cluedo, en la que el sopapo a la hipocresía burguesa nunca se solapaba con el mero disfrute. Al final, la forma de encontrar ese agujero perdido debía ser tan interesante como la visión completa del bosque moral.
Eso desembocó en una secuela algo más irregular, donde se atizaba la erróneamente presumida inteligencia de los tiburones financieros y tecnológicos —como Elon Musk— con un excesivamente alambicado triple tirabuzón. Una rosquilla tan cargada que prácticamente opacaba todo su agujero. Todo lo contrario a este tercer episodio, donde se vuelve a centrar la mirada en ese hueco de la pieza fundamental; tanto, que este parece convertirse en un vórtice que Johnson no tiene intención alguna de rellenar.

Cambio de protagonismo y cambio de perspectiva
De entre los muertos no es solo la más larga de las entregas de esta reverencia a Agatha Christie —el punto de partida es Muerte en la vicaría, la novela donde también se desmantela la fachada religiosa a partir de un predicador cuestionable—, sino que también es la menos preocupada en cargar su extenso metraje con un sinfín de volteretas de puesta en escena.
El paraje gótico de una iglesia empedrada y su rebaño de feligreses se traduce, además, en un regreso a las formas clásicas que imperaban en la mansión de Massachusetts, pero mucho más aplanadas; tal vez incluso expositivas en exceso, salvo cuando el oportuno uso de la luz divina ilumina o abandona a nuestros protagonistas según el momento. Por supuesto, el trampantojo narrativo —en el que todo lo visto adquiere dobles, triples e incluso cuádruples sentidos con el paso de los minutos— sigue siendo el divertidísimo leitmotiv de las aventuras del trasunto de Hércules Poirot.
No obstante, es precisamente el inesperado paso atrás del personaje de Craig y sus métodos lo que evidencia lo relevante esta vez del fondo sobre un armazón ingeniosamente plegado a su propio agujero, al rescatar el caso del crimen imposible y El hombre hueco (guiño, guiño).
La figura del padre Jud, interpretado por un siempre imperial Josh O’Connor, abre la película y sostiene la mirada del espectador como ningún otro presunto secundario había hecho; ni siquiera la enfermera latina de Ana de Armas. Eso se debe a que su condición no es tal, sino la de un coprotagonista con el que hablar desde las entrañas de la fe y el posicionamiento conservador, sin el posible maniqueísmo del que se podían tachar los anteriores casos.
Blanc, como alter ego del propio Johnson, asume su incompetencia para hablar de Dios y delega en Jud —alguien con una mirada fresca sobre un espectro ético innegociable para él— la responsabilidad de la reflexión sobre una sociedad que puede estar malinterpretando sus propias creencias y conceptos como la salvación. Queda para el detective únicamente el anudado de los cabos criminales que tanto nos gusta —y que vuelve a ser todo un goce—, no sin recibir por el camino su propia dosis de revelación.

Entretenimiento maduro
De entre los muertos demuestra quedar adscrita a esta saga por esos mismos elementos de género que la hacen tan disfrutable, pero también que podría funcionar como una emotiva pieza teatral de la actualidad norteamericana a través del conflicto por la razón de ser de la religión. Glenn Close, Jeremy Renner, Andrew Scott o Cailee Spaeny interpretan a figuras algo menos detalladas que algunas de sus predecesoras —cierto—, pero se debe a que, en conjunto, su significado individual se transforma en el dibujo perfecto de gente aterrorizada que encuentra en una figura de carismática violencia hacia el extranjero de su hermética comunidad —un Josh Brolin de sotana y greñas— el escudo perfecto contra sus propias desgracias.
Este sorpasso político y óptico denota que la saga Puñales por la espalda ha alcanzado una madurez temática clave para su propia supervivencia. La esperable inventiva en el recuento récord de cadáveres se mantiene impoluta y funciona como un reloj, gracias a la sabia decisión de olvidar el cinismo y abrazar la tristeza; de situar el humor y la mordiente en el debate interno —los momentos de confesión son absolutamente tronchantes— e, irónicamente, de esquivar cualquier púlpito a cambio de mirar a los ojos del culpable y dejarle expiar sus pecados con dignidad.
No es casualidad —como nunca nada lo es en los brillantes guiones del director de Los últimos Jedi— que en la iglesia de Chimney Rock se señale continuamente la ausencia de una cruz de madera. Esta es la casa de Rian Johnson. Y en su casa, con taza incluida, no se crucifica a nadie: se comen donuts.
Miguel Ángel Espelosín
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