Crítica de The Smashing Machine película dirigida por Ben Safdie con Dwayne Johnson, Emily Blunt, Bas Rutten, Paul Lazenby
Dwayne Johnson vence por los puntos el combate contra el biopic deportivo convencional y sale reforzado a por el Óscar
Del cine indie americano al vehículo de lucimiento
Cuando los hermanos Safdie anunciaron que separaban sus caminos, además de compungidos, nos quedamos con la sensación dubitativa de qué buscaban los dos mejores alumnos neoyorquinos de John Cassavetes —junto a Sean Baker— para sus carreras. De ahí la sorpresa al conocer que ambos habían elegido el drama deportivo como lanzadera en solitario y que, también ambos, iban a contar con una estrella hollywoodiense en el núcleo de su narrativa, con el evidente propósito de colocar una estatuilla dorada en sus multimillonarias estanterías.
Tampoco se sabía qué podía haber visto Benny Safdie en la historia de Mark Kerr —uno de los anónimos pioneros de las artes marciales mixtas en los ochenta y noventa— que la hiciese coherente con la mirada documentalista y metacinematográfica de la que hacían gala sus primeras aventuras urbanas en Manhattan, Daddy Longlegs y Heaven Knows What; ni siquiera cómo podía hermanarse en el vértigo de Good Time y Diamantes en bruto. Nada tenía sentido en lo que prometía ser otro facsímil de El luchador, de Aronofsky —de caída para el personaje y alzamiento del intérprete—, con el que darle a Dwayne “The Rock” Johnson la oportunidad que Mickey Rourke rozó con la punta de los dedos.
De hecho, a pesar del trabajo orquesta del propio Safdie —se ocupa del guion, la producción, la edición…— para reclamar The Smashing Machine como una obra autoral coherente con la dinámica del perdedor de su filmografía, esta nunca reniega de su condición de altar para un actor que ya veía cómo sus homólogos del wrestling empezaban a pasarle por la derecha entre las alabanzas críticas. Un altar engalanado con una mirada limpia, casi cristalina, sorprendentemente positiva y con un atrevimiento formal esquivo a las convencionales trampas del biopic crepuscular, eso sí.

Mucho músculo y poca grasa
La vida de Mark Kerr cuenta con los elementos imprescindibles del producto manipulador: una figura de físico deforme en su hipertrofia —literal— que transitó el camino del éxito a la desaparición mientras su matrimonio se desmenuzaba y luchaba contra la adicción a los calmantes. No obstante, Benny Safdie trabaja su mirada para no cargar las tintas en las sombras de su figura central y así crear algo parecido a la personalidad.
Los vaivenes de la relación tormentosa con esa Emily Blunt tan excedida como su vestuario se exponen con más impotencia que dolor, y los problemas toxicómanos de Kerr reciben el poco metraje que las inteligentes elipsis le permiten. Por no haber, no hay ni épica en los combates ni esperanzas de una última resurrección, porque lo que se busca es la belleza frágil de este monstruo de los combates con mucho más corazón que ira.
El efecto minúsculo e íntimo de la cámara en mano de Safdie se conjuga de maravilla con la deliciosamente recargada estética noventera del filme —de colores digitales saturados, escasa definición, diseño de producción hortera y un aspect ratio televisivo panorámico, cercano a la telenovela americana— para alcanzar un cierto estado de sincero patetismo con el que logra emocionar mucho más que si buscase la lágrima del respetable.
Resulta bastante más significativa la cercanía con la que se nos ofrece la dura fisicidad de la musculatura desatada del luchador —aunque nunca se vuelve tan relevante en la metáfora como en la reciente El clan de hierro— o cualquier momento de contacto humano, sobre el ring o fuera de él, entre los personajes.
Al final, lo que vamos desvelando al dejar atrás la extrañeza inicial con la que se recibe el pasar de largo por los lugares comunes sin obviarlos del todo, es una honrosa capacidad para obtener una bonita historia —a ritmo de un soberbio diseño de sonido y musical— sobre aprender a ser derrotado sin que eso conlleve necesariamente la autodestrucción. Es decir, un saber vivir más allá de la figura y reordenar los elementos de tu vida —ojo a esa secuencia final en paralelo donde alguien lucha mientras a otro le suturan la barbilla— para darle un nuevo sentido, sin extinguirla, más en la línea de la mítica Rocky III que de cualquier otra propuesta contemporánea.

Un golpe importante para que the rock levante el cinturón
También es verdad que, a pesar de sus luminosas y eficaces intenciones, nada resulta especialmente sobresaliente en su ejecución final. Donde todos esperábamos algún tipo de knockout por parte de un cineasta que ha hecho de la incomodidad —incluso en su faceta como actor— una de sus firmas reseñables, lo que nos encontramos se parece más al regusto ligeramente agridulce e insípido de un combate demasiado calculado para protegerse el mentón mientras sacrifica cualquier oportunidad de un espectacular intercambio de guantazos.
Un algoritmo que alcanza la labor del propio Dwayne Johnson, quien demuestra entregarse al máximo y tener más matices interpretativos “serios” de los que el blockbuster le permite exponer, pero cuya falta de ambición tonal deja este acto de media desnudez en algo que el propio maquillaje —nariz de pega en ristre— puede explicar mejor que nada. Si hay algo que le gusta más a la Academia que un encasillado buscando reivindicarse por la puerta grande del drama clasicote, eso es un encasillado al que pueden ver, pero no del todo.
Así se siente un poco esta The Smashing Machine: un bello intento de encontrarle otro alma al relato de siempre y un encomiable esfuerzo por ofrecerle a una estrella de acción la oportunidad de trascender; pero no demasiado, no vaya a ser que aticen con mucha más fuerza de la que la temporada de premios esté dispuesta a encajar.
Miguel Ángel Espelosín
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Crítica de The Smashing Machine



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