Crítica The Last Showgirl película dirigida por Gia Coppola con Pamela Anderson, Kiernan Shipka, Brenda Song
Más que un cuento de la estrella que no lo fue tanto como ella creía.
The Last Showgirl intenta mantener una curiosa equidistancia entre El luchador (Darren Aronofsky, 2008) y La sustancia (Coralie Fargeat, 2024), y aparentemente lucha en su empeño por mantener un minimalismo costumbrista al mismo tiempo que busca contradictoriamente la tensión del melodrama con instinto de telefilme.
Pero hay que observar a esta curiosa película con más atención para descifrar su juego.
Una película que no es lo que parece
A primera vista podría parecer que la película se queda lejos de esos otros dos largometrajes en su intento de dibujar otra fábula de juguete roto de la sociedad capitalista, consumista y superficial materializada en la ciudad de Las Vegas.
Pero no es así, porque lo mejor de la película es precisamente eso, el dibujo que hace Gia Coppola de Las Vegas con el pretexto argumental que le sirve su protagonista.
Aparentemente sin darle ningún protagonismo o énfasis a Las Vegas, Gia Coppola podría estar construyendo otra historia de ocaso profesional, pero, ya que la propia protagonista oficia como metáfora de la superficial, falsa y confusa urbe en la que se desarrolla su historia y se ha desarrollado su efímero y finalmente fallido sueño de estrellato en el mundo del espectáculo, el juego que nos propone la directora es otro mucho más interesante.
Pamela Anderson materializa un retrato abstracto de una Las Vegas que astutamente Gia Coppola apenas muestra, pero que de algún modo se filtra en todos y cada uno de los planos del largometraje, adquiriendo el papel de espejo en el que la protagonista se mira a sí misma cuando la vemos en esos reiterados planos generales que ejercen como ritual de paso a otra fase de su drama intimista y cotidiano.

En esos planos que alternan el plano general con los planos más cortos, Anderson se muestra aislada, marginada, perdida y dolorosamente sola frente a lugares de la ciudad cuidadosamente elegidos para transmitirnos esa imagen de despojo y declive en un bucle de imágenes dotado de un poder de evocación muy superior al que puede apreciarse en una primera mirada superficial a este largometraje.
Gia Coppola corre muchos riesgos, pero sale de los retos que ella misma se ha planteado con más habilidad y talento del que lamentablemente van a apreciar muchos espectadores ocasionales que han ido a ver su película como el autorretrato de la carrera de triunfo y ocaso de Pamela Anderson, la vigilante de la playa cuya carrera fue cuesta abajo desde que dejó la televisión.
Es inevitable que esa componente de morbo forme parte de la edificación que hace Coppola de su película, porque caso contrario no habría elegido a esta actriz sino a cualquier otra para interpretar su papel, y ahí es donde corre el primer riesgo. La directora renuncia a jugar la carta segura de una actriz de mayor peso para interpretar el papel no tanto porque apueste por una reivindicación de Anderson como actriz de método, sino porque ve en ella la posibilidad de introducir en su película la pincelada de falso realismo que acompaña a sus planos de corte documental en lo que, como certifica la mejor y más desoladora y emotiva escena de la película: el baile de Jamie Lee Curtis sobre la plataforma, alegoría de la decadencia del sueño capitalista de Las Vegas y por extensión de nuestra propia sociedad materialista y consumista que ha hecho de la belleza y la juventud la única moneda de cambio aceptada para moverse en la pesadilla de las redes sociales y los productos de entretenimiento de las masas en nuestros días.

Atascados entre los sueños del pasado y la pesadilla del presente
Anderson como metáfora y Curtis como alegoría son los dos motores de un retrato de la decadencia de la civilización representado en esa ciudad de Las Vegas que Gia Coppola parece empeñada en mostrar como el vacío existencial que es realmente desde su naturaleza como paréntesis de la realidad.
Y es desde estos parámetros como funciona realmente bien The Last Showgirl, como se explica su empeño por funcionar casi como un bucle de situaciones que renuncia al artificio de la progresión emocional y existencial de sus personajes en su arco e desarrollo, puesto que la película es un relato del estancamiento de toda una sociedad entre los sueños de su pasado y la pesadilla de su presente.
Miguel Juan Payán
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Crítica The Last Showgirl



