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domingo, noviembre 27, 2022
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El pacto ★★★★

El pacto ★★★★

Crítica El pacto

Crítica de la película El pacto

Una compañera de baile perfecta para Memorias de África.

La etapa de brillante juventud, salida al mundo y crecimiento por las experiencias vitales que presidía con optimismo y tonos de tragedia romántica la película Memorias de África (Sydney Pollack, 1985), encuentra una conclusión perfecta en clave crepuscular en El pacto, de Bille August, director moderno de mayor proyección internacional del cine danés que tras el éxito de como Pelle el conquistador (1987) inició una especie de gira de varios años por proyectos de carácter más global, exploración de distintos géneros y resultados irregulares con títulos como La casa de los espíritus (1993), Smila, misterio en la nieve (1997), Los miserables. La leyenda nunca muere (1998), Sentencia de muerte (2004) o Adiós Bafana (2007).

      Ahora de vuelta en su país y tras completar la interesante Per el afortunado (2018), August nos propone una visión diferente a la ofrecida por la película de Pollack de la escritora Karen Blixen en su etapa de ocaso, basándose en hechos reales de la biografía de la misma derivados de su relación de mentora de un joven poeta. África y sus memorias representan aquí el pasado del personaje, ese pasado añorado, más vitalista, recordado cuando Blixen mira al abismo de la senectud en el que, como explica el propio diálogo a modo de metáfora, la que fuera una gran servidora de vino apenas puede permitirse ya levantar una botella llena.

El pacto ★★★★

      August, que siempre ha sido director de proyectos asentados esencialmente en la personalidad ante la cámara de actores capaces de añadir puntos de solidez a sus personajes más allá de lo que les propone el guión, pero al mismo tiempo puede presumir en casi todos sus proyectos -dejemos a un lado Smila, misterio en la nieve-, de contar habitualmente con guiones muy sólidos, saca el máximo partido aquí del excepcional trabajo de Birthe Neumann y sus demoledoras y tremendamente significativas miradas como una Karen Blixen amargada por el dolor que intenta mantener viva su propia imagen en una construcción de personaje que, junto con algunas claves de puesta en escena de la propia película, hacen imposible no pensar que estamos ante una especie de guiño, quizá involuntario, como mínimo en lo argumental, al clásico de Billy Wilder El crepúsculo de los dioses.

      Naturalmente hay mucho más, y mucho diferente y con personalidad propia, en El pacto frente a la película de Wilder, pero la esencia viene a ser la misma, y me permito además el atrevimiento de proponer en mi lectura, con total sinceridad, cómo en algunos momentos y secuencias El pacto me ha recordado también fugazmente, como en una manifestación casi fantasmagórica, al Nosferatu de Murnau.  ¿Por qué? Pues porque en el fondo estamos ante un relato que tiene mucho de las historias de vampirismo, en una película en la que la pincelada biográfica -coherentemente no esgrimida más que una breve frase introductoria y en otra de conclusión respaldada por una foto real de los protagonistas-, es solo una excusa para la reflexión sobre temas como el miedo y la resistencia a aceptar la decadencia física, los sacrificios exigidos para la máxima expresión del talento creativo, la renuncia a lo cotidiano como herramienta para mirarse en el espejo del talento sublime, el egoísmo del creador… todo ello invocando a Goethe y su Fausto como cemento para unir a los dos personajes principales.

      Ese cuerpo de temas queda definido con una frase de Blixen en su primer encuentro con el poeta que bien puede servir también para resumir muchos de los miedos que aquejan seriamente a los creadores y las creaciones de nuestro tiempo: “Todos los blancos albergan un miedo que no puedo soportar, y es el miedo a no caer bien”.

      Y junto a esa frase de principio del viaje, encontramos otra clave en el final del mismo, esgrimida a modo de resumen de lo narrado por el personaje igualmente importante de la esposa del poeta, Greta, una también muy notable Anna Skaarup Voss, que sirve como contrapeso de Blixnen al otro lado de la balanza: “Nuestra labor en el mundo es gestionar el dolor sin causar más víctimas”.

         August atrapa a esos tres personajes en un inteligente juego de encuadres opresivos y un duelo de interiores y exteriores en el que domina continuamente la codificación visual de tonos fríos opuestos a cálidos, materializando el estado de angustia existencial del creador y haciendo hincapié entre el choque del mundo material, burgués, previsible, con la necesidad de exposición al caos y lo imprevisible al que somete a los protagonistas el instinto casi suicida de los creadores, abocados a perderse en sus miradas al abismo tremendista de la existencia que preside el discurso de la película.

         El pacto es una buena película que no se entrega a anzuelos melodramáticos fáciles o gratuitos pero no por ello prescinde de algunos de los más frecuentados recursos del melodrama, como el uso del color en clave radical, el homenaje a la naturaleza, la defensa de los valores familiares, el juego con el destino o la providencia, los personajes-víctima, etcétera. Por ello no podemos afirmar que es una película sobria, aunque sí sea una película madura, y una exploración inteligente e interesante de las miserias humanas.

                                                            Miguel Juan Payán

                                             

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Miguel Juan Payán
Miguel Juan Payán
Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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