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viernes, febrero 23, 2024
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En nombre de Alain Resnais

En nombre de Alain Resnais

Al iniciar la andadura de un blog como el presente, es recomendable saldar las posibles dudas respecto al título del mismo. A tal efecto, puedo confesar, sin rubor decimonónico de por medio, que lo de «Welcome to Providence!» no se refiere a la célebre y homónima ciudad estadounidense situada en Rhode Island y fundada en 1636 por Roger William (aunque es una urbe realmente sorprendente y con muchos restos de la idiosincrasia colonialista, para los que deseen acercarse por esos lares); ya que el motivo de la citada nominación es más emocionalmente cinematográfico que de orografías de asfalto y hormigón.

Muchos de mis compañeros de cabecera se retrotraen en sus respectivos cuadernos de bitácora binarios a sus recuerdos de baúl de Karina, para contar algo sobre el despertar de su pasión por el séptimo arte. En mi caso, lo que se puede localizar en mi más recóndito subconsciente a golpe de imágenes en movimiento, es más una amalgama de secuencias y de sensaciones que una película en concreto. Y, dentro de esa cadena de alquímica trascendencia, «Providence» (Alain Resnais, 1977) tiene sin duda un papel más que destacado.

En nombre de Alain Resnais

Cuando la vi en televisión (siendo solamente un niño y por nacimiento bastante más tarde de su estreno) fue uno de estos encuentros casuales altamente productivos. En esa etapa de pantalón corto, mis familiares me consideraban un crío algo extraño en mis gustos fílmicos (tal vez por eso nunca me dejaban escoger las pelis); y la libertad de un verano, en que las estrecheces parentales se expandían un poco por el ambiente, me permitió succionar –casi a escondidas y bajando el volumen- el visionado completo del mencionado largo de Resnais, durante una emisión nocturna para mayores que ponían en la 2 de TVE.

Desde la primera escena, en la que aparecían una voz en off algo soez y una mansión en un lugar indeterminado (más de pesadilla que de cuento de hadas), la retina se me quedó pegada a la pantalla del electrodomestico más importante en el hogar. Y lo que aconteció después no hizo más que redondear los prolegómenos. Tras pasar la verja de Providence, el descubrimiento de que el cine es mucho más que las explicaciones unidireccionales de lo transcurre en el guion, de que el Arte consiste en subyugar a las audiencias sin por ello tener que entender absolutamente todo el discurso del narrador, de que el portento está muchas veces en la sugerencia más que en la exhibición fallera; catapultó mi mente a universos visuales que ni pensaba que existieran.

En nombre de Alain Resnais

Resnais firmó con «Providence» una de esas pequeñas obras maestras que enganchan a través del misterio, con un Sir John Gielgud inconmensurable en el papel del escritor Clive Langham (quizá una de sus mejores caracterizaciones para la pantalla grande de su extensa carrera, junto a la de «Campanadas a Medianoche», de Orson Welles, «El director de orquesta», de Andrzej Wajda, y «Los libros de Próspero», de Peter Greenaway). Al observar el físico decadente de la estrella teatral inglesa poco importaba la coherencia argumental, centrada en la soledad que conlleva la ancianidad, las relaciones perversas con la familia y la rebeldía mediante la negación de la cordura y la frialdad burguesa. Surrealista y evocadora, así era la trama de la movie: un cosmos que me gustaría trasladar, aunque únicamente sea en esencia, a este humilde blog; y bautizarlo como un cajón de sastre en el que todo debe caber.

En nombre de Alain Resnais

Por cierto, ahora que comento lo de Gielgud, es de rigor hacer un alto sobre la valentía de este irrepetible actor shakespereano, sustentada a lo largo de un currículum de más de siete décadas. Aunque la gran mayoría le conozca por su rol de mayordomo en «Arthur, el soltero de oro», el amigo de Olivier y Richardson era un señor al que no le importaba arriesgar lo más mínimo con algunos de sus trabajos (a modo de ejemplo, en los anales del libro de los récords debería constar que el aristocrático intérprete se atrevió con su primer desnudo frontal cuando contaba ya ochenta y siete primaveras, escenificando cual Neptuno a un Póspero con la piel como única armadura, escena incluida en «Los libros de Próspero», de Greenaway). Pero ahí no quedó su compromiso con los roles difíciles, terreno donde demostró su grandeza a través de encargos de plano fijo (para el corto «El Infierno de Dante»), o mediante su adiestramiento en lenguas ajenas a su inglés natal (ejercicio inmortalizado en la genial cinta «El director de orquesta» con el polaco por montera).

Por todo ello, os invito a «Welcome to Providence!» como reivindicación del espíritu artístico por encima de todo, sin tintas aguadas. Y si podéis haceros con una copia de la obra setentera de Resnais, mejor que mejor…

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Jesús Martín
Soy un auténtico apasionado de las películas que despiertan la imaginación

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