Homenaje a Robert Redford: un legado de cine, arte y libertad
Robert Redford: el Ășltimo caballero de Hollywood
El 16 de septiembre de 2025 el cine perdió a una de sus figuras mås icónicas: Robert Redford, que murió a los 89 años en su casa de Sundance, Utah. Y con él se va el actor que supo ser galån y rebelde, estrella, activista y creador de un espacio donde dio oportunidad a las pequeñas voces a ser tan altas como Hollywood.
El hombre que nunca quiso ser solo guapo
En los años sesenta y setenta, Redford era sinĂłnimo de belleza: rubio, ojos azules, sonrisa perfecta. Pero, lejos de acomodarse en la etiqueta de sex symbol, buscĂł papeles que mostraran otra cara de Estados Unidos. En Dos hombres y un destino (1969), junto a Paul Newman, retratĂł precisamente eso: no ser un pistolero invencible, sino un antihĂ©roe. En El golpe (1973) volvĂa a formar pareja con Newman, pero detrĂĄs de su sonrisa y su carisma habĂa estafadores atrapados en un mundo de corrupciĂłn.
Con Todos los hombres del presidente (1976) dio un salto mås: interpretó a Bob Woodward, el periodista que destapó el escåndalo Watergate, convirtiendo el periodismo en épica cinematogråfica.

Delante y detrĂĄs de la cĂĄmara
Redford no solo fue grande como actor. En 1980 debutĂł como director con Gente corriente, un retrato devastador de una familia marcada por la tragedia. Contra todo pronĂłstico, ganĂł el Ăscar a mejor director en su primera pelĂcula, demostrando que su sensibilidad no se limitaba solo a interpretar.
Le siguieron pelĂculas como La guerra de Milagro (1988), Quiz Show: El dilema (1994) o El hombre que susurraba a los caballos (1998), donde combinaba drama humano con paisajes naturales. Para Redford el cine no solo eran personajes metidos en una historia, sino tambiĂ©n el mundo que habitaban. Por eso los bosques, las praderas o las ciudades siempre fueron una parte integrante de su cine, como un personaje mĂĄs.

El padrino del cine independiente
En 1981 fundĂł el Sundance Institute, que mĂĄs tarde dio origen al Festival de Sundance. Su intenciĂłn era dar oportunidades a cineastas independientes que no tenĂan cabida en Hollywood.
Gracias a Sundance surgieron voces que cambiaron el cine: Quentin Tarantino, Steven Soderbergh, los hermanos Coen, Paul Thomas AndersonâŠ
Hoy, Sundance es el epicentro del cine indie, y su nombre estĂĄ asociado para siempre a la libertad creativa. Ese es quizĂĄ su mayor legado: no las pelĂculas que protagonizĂł, sino todas las que vinieron gracias a Ă©l.
El hombre fuera de Hollywood
A diferencia de otras estrellas, Redford pasaba buena parte de su vida en su rancho en Utah, rodeado de naturaleza. Era un hombre comprometido con el medio ambiente, con causas sociales y polĂticas, y con la defensa de un cine mĂĄs humano. Y eso le daba algo que en Hollywood escasea: autenticidad.
De hecho, se cuenta de Ă©l que era alguien que podĂa mirarte a los ojos y escucharte. Y era esa calma, esa nobleza serena, la que luego se filtraba en todos sus personajes.
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Un legado imperecedero
Elegir las pelĂculas que resumen a Robert Redford es casi imposible, pero ahĂ estĂĄn los clĂĄsicos: Dos hombres y un destino (1969), El golpe (1973), Todos los hombres del presidente (1976), Gente corriente (1980), El mejor (1984), Memorias de Ăfrica (1985). PelĂculas que han trascendido en la historia como obras maestras del cine moderno.
Los tributos no se han hecho esperar. Jane Fonda, con quien compartiĂł pantalla en varias ocasiones, lo describiĂł como âun hombre Ăntegro, un artista con concienciaâ. Meryl Streep lo llamĂł âuna fuerza de la naturaleza en calmaâ. Barbra Streisand hablĂł de Ă©l como âun rebelde con propĂłsitoâ.
Robert Redford nunca fue solo un rostro bonito. Fue un narrador que buscĂł siempre la verdad, que entendiĂł que el cine podĂa ser arte, denuncia, poesĂa y paisaje. Y alguien que creĂł caminos para otros.
Hoy que ya no estĂĄ, su cine sigue invitĂĄndonos a mirar mĂĄs allĂĄ de la historia que se cuenta: a sospechar del poder, a cuidar la naturaleza y a escuchar a las voces pequeñas. Un hombre siempre acompañado por el mito y por esa elegancia imposible de imitar. Pero Ă©l era mucho mĂĄs que eso: un espĂritu noble, sereno y, sobre todo, libre.
Antonio Jiménez
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