Crítica de Amarga Navidad, película dirigida por Pedro Almodóvar, con Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia y Aitana Sánchez-Gijón
Pedro Almodóvar plantea el reverso oscuro de Dolor y gloria como un repaso a la moral artística de los creadores, pero termina escondiendo el vacío general en la excusa metacinematográfica
Una madurez que no cala
Ha quedado meridianamente claro que Pedro Almodóvar se ve a sí mismo como un autor en la recta final de su existencia. No solo hace tiempo que su colorida viveza dejó paso a la absorción de las claves del melodrama de Sirk o Fassbinder, sino también a la búsqueda de la verdad “bergmaniana” oculta en la simpleza del primer plano y dos rostros geométricos.
Como el fiel reflejo vital que siempre ha sido, el cine del manchego se ha ido depurando de aparentes excesos formales en busca de dejar paso a una realidad que pensaba opacada. Permanece lo obsesivo de su magistral puesta en escena, plagada de contrastes coloridos y disposiciones perfectas de todos los elementos del encuadre, del mismo modo que la hiperverbalización de cualquier emoción se conserva como la marca de agua del universo en el que cohabitan sus neuróticos personajes. No obstante, estos han ido asumiendo la misma condición de dolor físico y emocional de su demiurgo creativo, quien busca conocerse antes de decir adiós, dotando de cuerpo a sus aflicciones.
La habitación de al lado, donde abrazar abiertamente la inminente defunción le valió el León de Oro de Venecia, ya era un asedio femenino de Dublineses / Los muertos que parecía a la vez colofón de preceptos expuestos en La mala educación, Volver, Madres paralelas y su memoria histórica y, por supuesto, Dolor y gloria, en la que exponía cómo la farmacología de la creación fílmica podía purgar la somatización mortal de lo dejado a medias.
Precisamente con esta última es con la que se mira Amarga navidad, aunque, sorprendentemente, no solo le niega la mano, sino que parece ofrecerse al espectador como el reverso derrotado de la moneda autobiográfica con la que pagar su narración.
Aquí el truco de la meta-ficción no atiende a recetas milagrosas con las que consentir la invasión del arte en el mundo real. La historia de Elsa —una más solvente que magistral Bárbara Lennie— es desvelada a los cinco minutos de metraje como el resultado de la imaginación de Raúl: el nuevo alter ego de un Almodóvar que parece solo reconocerse en hombres de madurez sensual y flequillo canoso.

Tras esto, lo que la intención marcaba como un juego de espejos con melodramas bidireccionales entre creador y criatura avanza como una sucesión de secuencias de alta impostura, en las que contemplamos impasibles un fingido esfuerzo por arrebatar por la vía del apremio —muchas lágrimas al borde, muchas frases de intensidad casi paródica, mucha Chavela Vargas…—, con el agrio resultado de la condescendencia de un espectador frío, aunque entretenido con los leves golpes de humor y el reconocimiento de las mismas figuras en las diferentes capas de la narración.
Acepto que se pueda intentar justificar el carácter pétreo con el que la mayoría de los personajes recitan las líneas de diálogo como otra prueba de que el origen de los mismos es el fondo de un pozo negro de depresión y mortuorio; o que este nuevo Almodóvar trata de afinar su condición de titiritero, midiendo con metrónomo cada sílaba de sus intérpretes. Pero lo que en otras ocasiones se ha traducido en poderosa abstracción, en Amarga navidad se siente como un ejercicio de tanatopraxia demasiado forense, donde la verdad de la imperfección parece vetada.
La emoción no arraiga entre encadenados de un sufrimiento femenino sin dobleces y una ausencia de trama que navega a la deriva, esperando que el talento vocal de Amaia o el omnipresente deleite de composición salven la papeleta. Hay mucha riqueza gestual, de lenguaje cinematográfico e ideas brillantes con intérpretes excelsos que se diluyen en una huida hacia delante —o, mejor dicho, hacia atrás— menos amarga que indulgente.

Soy culpable, pero no mucho
La exploración de los lugares del pasado como refugio y la vampirización del dolor ajeno como mecanismo de inspiración —dos campos que no le son en absoluto ajenos al manchego— son aplicadas desde una perspectiva de aparente expiación moral con la que situarse en el centro de la diana de la culpa. Digo aparente porque Pedro también se da cuenta de su propia trampa.
Esta película evidencia abiertamente el lapso con el que él mismo se encontró abordando su propio guion. De modo que opta por esconderse a plena vista y transformar la segunda mitad del film en otra mirada al duelo. Esto se combina con un ejercicio autoconsciente de su propio morbo voyeur hacia las mujeres frente al abismo (con guiño a El fotógrafo del pánico incluido). Irónicamente, aquí es donde aparece una contradicción fatal para la propia Amarga navidad, en la que la fuerte impronta de aplanamiento tonal es sustituida por esos pasajes de fuerza almodovariana que tanto esperábamos.
Las inanes escenas con Vicky Luengo dan paso a la aparición de la auténtica fuerza emotiva a través de una Milena Smit maravillosa, y el trío Sbaraglia-Sánchez Gijón-Gutiérrez —lo mejor de la película— toma el mando hacia un crescendo que sería para levantarse y aplaudir si sufriésemos la amnesia de Los abrazos rotos.
Anunciar a viva voz tu propia jugada puede antojarse un ejemplo de desnudez hacia el espectador, una penitencia artística del mismo modo que el Matt Dillon de La casa de Jack ofrecía la cabeza de Lars von Trier, pero, en realidad, dar carpetazo a tu juicio con una revelación redentora y luego la consecución del propio pecado en forma de película puede que se aproxime más al onanismo que al estudio anatómico de los errores como artista.
Molesta genuinamente que en una obra donde se exponga literalmente “cómo la realidad siempre se termina abriendo paso” se le niegue todo el tiempo el acceso en favor de una estructura tan hipócritamente rescatada en el último suspiro. Mientras que el danés asumió que tras su muerte vendrían los fuegos del infierno, parece que Pedro prefiere creer que su destino aún no está escrito,
Miguel Ángel Espelosín
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