Crítica de Jugada maestra, película dirigida por John Patton Ford, con Glen Powell, Margaret Qualley y Ed Harris.
Una historia que ya nos han contado, que presume de comedia negra y tiene poco de comedia.
De qué va Jugada maestra
Becket forma parte de una familia rica y poderosa, pero no está aceptado por ella. Su madre lo tuvo siendo adolescente y, por ello, fue apartada de la familia y privada de todo su dinero. Pero, sabiendo que sigue formando parte de la posible herencia, se propone una misión: acabar con todos los miembros de su familia que están por delante de él en la línea de sucesión y heredar todo el dinero en su lugar.
Una comedia negra poco divertida
Cuando uno lee la sinopsis de Jugada maestra, lo primero que le viene a la cabeza es la brillante comedia de 1949 Ocho sentencias de muerte, una obra maestra del humor británico con un sensacional Alec Guinness interpretando ocho papeles distintos. Era ácida, era irreverente, tenía muy mala uva —pese a tener más de 75 años, sigue teniéndola— y era elegante. Algo que, la verdad, no se puede decir de Jugada maestra, que falla irremediablemente a la hora de convertirse en una revisión moderna de aquella brillante historia y nos somete a 105 minutos de casi absoluta indiferencia por parte del espectador. Ni hace reír ni nos involucra en el drama de los personajes.

Cuesta creer que el guion de John Patton Ford, quien también dirige la película, fuese parte de la llamada Lista Negra de Hollywood, esa lista de guiones realmente queridos por la industria, considerados muy buenos, pero que, por un motivo u otro, no han sido producidos todavía. Suelen ser guiones que llaman la atención y, viendo el resultado final de esta película, a uno le cuesta entender de dónde salió ese interés en una historia que, por momentos, parece el episodio piloto alargado de una serie de televisión mediocre de los noventa.
No todo es mediocre en la película, porque es cierto que el reparto lo intenta con todas sus fuerzas, especialmente Glen Powell, quien ya ha demostrado con anterioridad su capacidad como protagonista y nos ofrece todo su carisma para presentar a su personaje, a la postre, el único al que realmente presta atención el guion. Margaret Qualley es, seguramente, quien mejor se lo pasa dando forma a su personaje, aunque tampoco esté respaldada por el guion, como tampoco lo están Jessica Henwick o Ed Harris, desaprovechado por completo. Pero lo intentan con todas sus ganas y hay momentos en los que logran sacarnos alguna sonrisa.

Hay poco más que rascar. El ritmo es indolente, a la película le cuesta horrores avanzar en la trama y los únicos momentos que nos sacan del tedio tienen que ver con los asesinatos en sí; algunos funcionan de verdad bien. Eso demuestra que, entre toda la irrelevancia y lo gris de la historia que rodea esos momentos, podía haber optado por darles más cancha, por arriesgar, por ser irreverente de verdad en su planteamiento de «ricos contra pobres», que, al final, no va a ningún lado, especialmente en un tramo final que supera los límites de lo inverosímil y se convierte casi en parodia de sí misma.
Son brotes verdes perdidos en una película que podía haber llegado a algún sitio. Es como una versión moderada de Noche de bodas, sin la sangre y la mala uva. Carece de mordiente, carece de humor y se mantiene mediocre durante todo el metraje. No es una abominación, pero es mediocre, y esa mediocridad es la que la convierte en una película olvidable y en una oportunidad perdida. Hay opciones mucho mejores en la cartelera y, sobre todo, mucho más divertidas.
Jesús Usero
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Crítica de Jugada maestra



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