Crónica desde Cannes 2026 con críticas de Jim Queen, La más dulce, Fjord y The Unknown: animación gamberra, denuncia social, drama judicial y psicodrama kafkiano.
Cannes 2026 vuelve a agitar la competición y sus secciones paralelas con una jornada marcada por el riesgo, la incomodidad y la sorpresa. De la irreverencia musical de Jim Queen al poderoso drama judicial de Fjord, pasando por la denuncia social de La más dulce y el enigma identitario de The Unknown, la crónica del 18 de mayo deja algunas de las propuestas más estimulantes, políticas y desconcertantes del festival.
Jim Queen, de Marco Nguyen y Nicolas Athané ★★★½☆
No recuerdo en Cannes una irreverencia igual a la de la gamberrísima Jim Queen, con la que Marco Nguyen y Nicolas Athané le han quitado a la sección Midnight Screenings el subtítulo de mediocridad que últimamente se había ganado a pulso. Su película de animación musical es todo un placer culpable de vertiginosa y muy necesaria incorrección política en torno a la cultura homosexual, que hace mucho más bien por la comunidad LGTBI de lo que cabría esperar de su humor grueso.
Desde el tronchante arranque se nos marcan unas pautas cómicas herederas de la generación South Park con las que contarnos la historia de Jim, un egocéntrico influencer del fitness que funciona como epicentro de toda una comunidad homosexual enfrentada a las demás, yéndose al garete al contraer el temido virus de la heterosexualidad. Su divertidísima exploración de una cura no se desliga de las estructuras narrativas más convencionales, pero sí lo hace el sinfín de referencias con las que bromear sin temor y desde dentro sobre cómo ha evolucionado la relación con este mundo tan diverso.
A Jim Queen no le tiembla el pulso para ser orgullosamente escatológica ni para sacar a la palestra los tabúes de la sexualidad, como tampoco ignora la faceta política francesa —a la que arrea con mucho tino imitando la figura de Marine Le Pen—, pero lo mejor es que hace llegar su poderoso mensaje inclusivo a base de cine buenrollero en el que todos, independientemente de nuestra sexualidad o filias, podemos sentirnos incluidos. Una revolución a carcajadas que llega más lejos que las banderas y los púlpitos.

La más dulce, de Laïla Marrakchi ★★★☆☆
Moverse con tino en las traicioneras dunas del drama social de denuncia es una de las habilidades más raras del cine. Con razón, los hermanos Dardenne o el británico Ken Loach tienen dos Palmas de Oro a consecuencia de este poder funambulista que les permite andar la fina línea entre el melodrama facilón infestado de maniquea manipulación y el abismo de lo inocuo.
La directora marroquí Laïla Marrakchi parece haber empezado a desarrollar este curioso don, demostrándolo con rabiosa elegancia en esta La más dulce, con la que pone de manifiesto periodístico las artimañas empleadas por las fincas agrícolas del sur de España para conseguir inmigrantes que trabajen sus campos en condiciones lamentables. Trabajadoras como las mujeres marroquíes que protagonizan la película, quienes son captadas con mentiras y esperanzas y traídas desde su propio país para recoger las fresas y las consecuencias de su propia desesperación en las plantaciones de Huelva.
No tardan demasiado en citarse con el espectador el glosario de escenas represivas del buen panfleto político: poderosos crueles de nacimiento, trabajadores corrompidos por el ánimo de su propia supervivencia y una negligencia bastante poco creíble por parte de las autoridades. No obstante, la labor de Marrakchi como narradora y politóloga nos sitúa tan ferozmente cerca de estas protagonistas —sin obviar sus errores— que imprime la fuerza arrebatadora muchas veces echada de menos en este tipo de propuestas en favor de un preciosismo innecesario. Resulta imposible despegarse de la lucha diaria de estas mujeres; de sus breves momentos de felicidad, de la incertidumbre que las asola y, finalmente, del dilema judicial con el que se cierran la película y el nudo que nos ata a su destino.

Fjord, de Cristian Mungiu ★★★★½
Si ahora mismo tuviese que apostar por una Palma de Oro que pueda ponernos a todos de acuerdo, esa sería para la nueva película con la que el rumano Cristian Mungiu pretende ofrecerle un buen acompañante a la que ganó por 4 meses, 3 semanas, 2 días. Así de bueno es este corrosivo drama judicial, de corazón político, alrededor del choque cultural consecuente a la llegada de una familia rumana ultraconservadora y religiosa a una comunidad netamente progresista de los fiordos noruegos, la cual les acusa de maltratar a sus hijos al mismo tiempo que descuida a los suyos.
Mungiu oprime a sus personajes en el plano y a los espectadores en la butaca con las toneladas montañosas que pesa el muy necesario —urgente, si me apuras— debate moral acerca del conflicto entre la libertad y aquello de lo que estamos convencidos de que es lo correcto, derivado de la universalidad progresista europea. Preguntas incómodas, para las que gracias a Dios nunca ofrece respuestas agradables, brillantemente estructuradas por un guion gélido que quema como el nitrógeno, y pensado para enfurecer, de manera similar a lo que hizo Thomas Vinterberg en La caza, desde la sobriedad con la que el sistema nos va encerrando en una celda adjudicada previa a la sentencia.
Fjord da justo donde duele con otra clase de altísimo rigor formal, pero esencialmente concebida —y así se recibe— desde una valentía temática apasionante no demasiadas veces vista, ante la que reconoce que la única postura adecuada para plantear una lucha entre el individualismo y el intervencionismo es la de la ambivalencia moral del que mira y reflexiona. La misma que personifican unos Sebastian Stan y Renate Reinsve sencillamente deslumbrantes en un trabajo de contención igual de emotivo que de terrorífico.
Nada en ella señala ni valora; al contrario, sencillamente estrangula y oprime desde el pavor que provoca enfrentarse en avalancha a un espejo tan maravillosamente evocador del sufrimiento provocado en pos de eso tan peligroso que es el bien.

The Unknown, de Arthur Harari ★★★½☆
La nueva película del guionista de Anatomía de una caída, Arthur Harari, es una de las más extrañas que se hayan visto en la competición de Cannes en los últimos años. Partiendo de su propia novela gráfica y trabajando en conjunto con sus dos hermanos, The Unknown supone una inesperada recuperación del psicodrama y las cuestiones de identidad kafkianas en forma de indescifrable, a la par que fascinante, seudorremake encubierto de Blow-Up. Deseo de una mañana de verano, de Michelangelo Antonioni. Ahí es nada.
La historia nos sitúa junto a David Zimmermann, un apocado fotógrafo obsesivo que en una fiesta mantiene un curioso encuentro sexual con el personaje interpretado por Léa Seydoux, tras lo cual despertará en el cuerpo de la mujer. Al shock inicial le seguirá una investigación difusa de los orígenes de su nuevo cuerpo, lo que le lleva a descubrir que no es la única víctima de lo que parece una cadena de intercambios. Harari nos sumerge así en una pesadilla psicológica y tenebrosa donde la relación de los personajes entre ellos y con sus nuevos cuerpos se va diluyendo y fundiendo como si de una pintura que intentase abstraer dónde acaba uno de nosotros y dónde empieza el otro se tratase.
Una bizarrada underground de la que resulta complicado apartar la mirada gracias al ritmo de la impresionante banda sonora con la que André Poggio taladra tu mente, y que desconcierta tanto como hipnotiza, haciendo las delicias de aquellos que disfruten flotando en la indefensión o abriendo matrioskas. Tras los créditos, la Eva de Léa Seydoux se ha pegado tanto a tu piel que no puedes evitar preguntarte si te han saqueado el cuerpo mientras mirabas la pantalla.
Miguel Ángel Espelosín
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