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domingo, abril 21, 2024
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Una vida a lo grande ****

Una vida a lo grande ****Imaginativa aproximación de Alexander Payne al subgénero apocalíptico. El director de Entre copas construye una comedia de tintes dramáticos, en la que Matt Damon brilla con su interpretación de un hombre normal.

El final del planeta Tierra, aparte de los problemas asociados al cambio climático y a las neurosis homicidas de los gobernantes poseedores de armamento nuclear, puede venir por el lado del agotamiento de los recursos naturales. Esta tesis es la que sustenta Alexander Payne, en su fábula futurista titulada Una vida a lo grande: un filme de virtudes existencialistas, concebido a partir de un guion en el que los científicos proponen reducir voluntariamente el tamaño de los humanos, para distribuir y controlar mejor las reservas disponibles en el mundo.

Con el costumbrismo propio y habitual desplegado en los trabajos anteriores del responsable de Los descendientes, Payne monta un espectáculo de perfección técnica y argumental; dentro del cual, resulta bastante verosímil y algo intrascendente el caramelo mediático de la disminución de tamaño de los actores que aparecen en la pantalla.




Sin rocambolescas complicaciones desde el punto de vista de los efectos especiales (la película de AP no dista mucho de producciones de los cincuenta como El increíble hombre menguante en cuanto a tecnología), el cineasta de Nebraska confía el enganche de su obra a una galería de personajes creíbles, y con comportamientos destinados a provocar la empatía del público. Un elenco de roles en el que destaca el del protagonista: un médico de empresa sin muchos alicientes en la vida, que se llama Paul Safranek (a quien presta su físico de ordinary man el convincente Matt Damon). Este individuo se convierte en el epicentro de la movie, y en torno suyo es por donde se mueve el resto de tipos que pueblan el metraje. Un grupo en el que adquieren cierta notoriedad la belicosa y reivindicativa Ngoc Lan Tran (interpretada brillantemente por Hong Chau) y el egocéntrico y hedonista Dusan Mirkovic (Christoph Waltz).

El conjunto de seres descritos consigue apagar la llama temática del empequeñecimiento de la especie humana con el que la película comienza su singladura, para centrar la atención en una aventura en la que se ponen sobre el tapete temas como el de la lucha de clases, la marginación de los pobres con respecto a los que poseen capitales mayores, o los fracasos a la hora de crear paraísos opulentos cerrados a los menos pudientes.

Payne acierta en la elección del ritmo pausado y reflexivo con el que escenifica la epopeya experimentada por el doctor Safranek. Aunque, en su obsesión por mantener la vena poética y filosófica a toda costa, el filme peca en algunos momentos de ser demasiado contemplativo; algo que se nota sobradamente en la fallida presentación de la trama asociada con la preservación ecológica de la Tierra.

Estas sensaciones generan que, conforme el espectador sigue las vicisitudes del protagonista, el componente apocalíptico se quede diluido como un azucarillo en leche; y la supuesta tesis del fin del mundo borre sus huellas en el guion, para acabar superada por el mensaje de la hermandad y cooperación entre los diminutos supervivientes de la supuesta destrucción planetaria.

Jesús Martín


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