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miércoles, mayo 29, 2024
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Crítica El mal no existe ★★★★★ (2024)

Crítica El mal no existe película dirigida por Ryusuke Hamaguchi

Una intensa e inquietante mirada a la inocencia perdida.

De qué va El mal no existe

Una empresa quiere instalar una nueva forma de campings en una zona rural sin preocuparse por las consecuencias que pueda tener esa instalación para el entorno natural y sus habitantes.

Crítica El mal no existe

El mal no existe es una película-experiencia. Una experiencia contemplativa. Forma parte de ese tipo de cine que trasciende las limitadas fronteras de la evasión y el entretenimiento para entrar en la categoría del ritual contemplativo excepcional y único para los espectadores, y se convierte así en una experiencia de reflexión y relajación, para los espectadores que estén dispuestos a entregarse al mismo, claro está.

Porque, si como me ocurrió en el pase de prensa, tienes a dos butacas más allá a un individuo con el móvil encendido durante el noventa por ciento de la película presa de su aburrimiento existencial y de la adicción a las nuevas tecnologías que prefiere incurrir en la invasiva osadía de tirar su experiencia frente a la película, y de paso la tuya, por el retrete, la cosa puede complicarse un poco.

Otra zona de interés

Afortunadamente El mal no existe es también, como La zona de interés, con la cual en su procedimiento tiene otros puntos de contacto como el afinado uso del minimalismo cotidiano, una de esas películas que parece blindada por su creador para sobrevivir incluso en las circunstancias más extremas de intoxicación derivada del déficit de atención y las prisas que aquejan a los espectadores de nuestros días.

Ambas son películas que se expresan desde una elaborada y en absoluto simplista sencillez para abordar asuntos muy complejos, sin entregarse a las herramientas seductoras de la retórica de la hipérbole para adornar su anzuelo y pescar a los adictos al melodrama fácil.

Crítica El mal no existe ★★★★★ (2024)

 Por tanto es lógico y previsible que el público menos dispuesto a disociarse de esa epidemia de aburrimiento y depresión que barre nuestras ciudades y nuestros días, y que por otra parte se constituye en tema central de la película -de ahí que haya fichado para protagonizar este comentario a mi primo el del teléfono-, tenga serias dificultades para disfrutar el aspecto más inmersivo de una película que no se atiene a los mecanismos más convencionales y básicos de seducción del espectador poco atento, apresurado, circunstancial, epidérmico…

Que además está en la sala obviamente por obligación, realizando un trabajo que claramente no le interesa y lo sobrepasa, porque la pasión por el Cine con mayúsculas no tiene nada que ver con ir al cine para quemar un par de horas del pozo inagotable de su tiempo de aburrimiento viendo a un puñado de personajes saltando de una aventura a otra o de un drama a otro de manera básica y superficial.

Y llorando y lamentándose mucho todo el rato ante la cámara para despertar la empatía facilona del espectador entregado al disfrute de lo obvio.

Crítica El mal no existe

Un juego de miradas en dos sentidos

Al individuo del móvil directamente no le dije nada ni le presté más atención que la imprescindible, esto es la misma que a la butaca vacía que nos separaba, llevado quizá por la conducta próxima al estoicismo que parece recomendar el protagonista de El mal no existe, con la cual me gustaría sentirme identificado por lo que tiene de extrema perfección en la contemplación de la existencia sin las estridencias que nos adornan a la mayoría de los espectadores en nuestros días.

Así pues, si el individuo del móvil o alguien que se prodigue en esa misma costumbre de reventarle la proyección al prójimo se siente aludido o censurado por lo que he escrito, si cree que estoy coartando su libertad o perpetrando algún ceremonial de linchamiento con este texto, le ruego que disculpe mi intromisión en su gris existencia y siga con lo suyo, con su móvil a tope.

Y ya de paso le pido que perdone a la película por aludirle igualmente en esa conversación en el coche de los dos urbanitas liantes de la empresa que quiere instalar Glampings: Campings glamourosos. Sí, sí, así tan estúpido como parece, muestra del humor socarrón que asoma en la película puntualmente para servir como contraste con su parte más contemplativa y sus momentos más inquietantes.

En esa conversación que a modo de broma existencialista  pone de manifiesto la superficialidad espeluznantemente ingenua con la que jugamos a creernos dueños de nuestras existencias, plantea El mal no existe esa interesante corriente de mirada que circula desde el primer momento de la proyección desde los espectadores a la pantalla, y quizá también desde la pantalla a los espectadores.

Por ejemplo cuando se revela la mirada de la niña hacia la copa de los árboles y el cielo, o cuando el protagonista de la película corta impasible su leña en planos prolongados, emitiendo así su opinión y su mirada sobre nosotros, sin ni siquiera mirarnos y quizá también sin otorgarnos el regalo de ser consciente de nuestra inquisidora y molesta presencia sobre su vida.  

Tal y como haría un sabio maestro que desde la sencillez esté queriendo decirnos algo esencial sin decirnos nada. No es extraño que el propio urbanita vende humos de la película le trate como sensei cuando le pide que le deje cortar leña, con los previsibles resultados de incompetencia en la materia, un revelador momento que explica por dónde van parte de las intenciones del director con esta película.

Más allá del tema ecológico

Imagino que lo más fácil es pensar la película como una propuesta de carácter ecológico, pero pienso que en realidad la subtrama de los Glampings y la fosa séptica, si bien interesa al director, no está necesariamente en el primer término de su verdadero interés, o en todo caso es solo el primer peldaño de la escalera que permite a los espectadores subir al segundo.

La intriga construida sobre significativos momentos y elementos premonitorios en el plano (los disparos en la lejanía, los ciervos, la tetera, el humo que sale de la casa), desde la que finalmente llegaremos hasta esa imagen final doblemente perturbadora ante la que experimentamos la necesidad de una explicación más clara de lo que se nos muestra.

Una especie de ansia visceral de encontrar un motivo, un por qué, pero  solo encontramos esa otra significativa mirada hacia las copas de los árboles que nos muestra el cambio en nuestra propia mirada hacia la película tanto como el del personajes clave de la niña que es la clave para explicarlo todo.

Es así, con la película convertida en nuestro sensei, como se nos imparte una lección, enseñándonos que efectivamente el mal no existe, aunque quien esto escribe haya tenido la tentación de pensar que el mal sí existe y es un individuo obligándonos a esquivar el reflejo del alarido de luz de la pantalla de su teléfono móvil en la oscuridad de una sala de cine.

Te gustará si te gustó…

Tan interesante y eficaz como Drive My Car (2021), del mismo director, con uso de minimalismo cotidiano que la acerca a La zona de interés (Jonathan Glazer, 2023) y un desenlace que no da explicaciones fáciles y básicas que me recuerda Anatomía de una caída (Justine Triet, 2023).

                                                              Miguel Juan Payán

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Miguel Juan Payán
Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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