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Accioncine - Tu revista de cine y series - Películas de acción

La cadena de televisión Netflix quiere contratar al actor Ryan Reynolds.

El actor Ryan Raynolds es un actor que está de moda.

Netflix quiere que Ryan Reynolds sea el protagonista de su próxima película.

La próxima película de Netflix se va a llamar “Six underground”.

La película six underground, va a ser la película de la compañía Netflix.

La próxima película “Six underground” parece muy divertida

Crítica de la película El Justiciero con Bruce Willis

Un remake de la película de Charles Bronson, algo regulero. La moda de los remakes llega ya hasta la serie B con esta película de Eli Roth protagonizada por Bruce Willis que intenta recuperar el espíritu de justicieros vengadores que nacieron con y a la sombra del Paul Kersey que Bronson interpretó en los años 70 por primera vez, una especie de Harry el Sucio en versión justiciero, que reflejaba un clima político y social, una época muy concreta, en la que Estados Unidos vivía en un momento crítico que definiría en gran medida las décadas posteriores. No es la misma situación, aunque pueda parecérsele (no hay un Vietnam de por medio) pero hay suficientes paralelismos para que la idea pudiese funcionar. Y no lo hace.

Un médico que vive de forma impecable, buen padre, marido y hermano. Mejor profesional, que ve como una noche su mujer es asesinada y su hija puesta en coma tras un robo en su casa. Harto de ver cómo la policía es incapaz de hacer algo por encontrar a los culpables, se pone manos a la obra él mismo para hacer justicia y buscar por su cuenta a los responsables. Y lo que en los 70 era la protesta de la clase media ante una situación de descontento, crisis y crimen en las grandes ciudades, aquí no sabemos nunca si quieren glorificar el uso de las armas, o satirizarlo. Si están a favor o en contra del justiciero. Desaprovechando el tema de las redes sociales, internet y la opinión pública, algo que queda en mera anécdota.

Potente visualmente, poderosa aunque imperfecta. La primera película como director de Samu Fuentes seguramente será comparada con El Renacido, la película que le dio el Oscar a Leonardo DiCaprio, aunque no es del todo justa la comparación. Pero sí comprensible. Su uso del paisaje y el tipo de paisaje que presenta, su ausencia de diálogos durante gran parte del metraje, la fuerza de sus imágenes y el carácter de su protagonista, un cazador solitario entre montañas, le dan un tono cercano, sí, aunque en esencia sea una película completamente distinta. No se trata de una búsqueda de venganza y supervivencia, sino de una historia sobre la soledad y el aislamiento en la naturaleza, y sobre lo poco preparados que estamos entonces para relacionarnos con otros seres humanos.

La película cuenta la historia de un cazador, interpretado por Mario Casas, que es el último habitante de un pueblo perdido en las montañas, y que baja muy de cuando en cuando al pueblo que hay en el valle, para comerciar con las pieles de lo que caza (mantiene al pueblo a salvo de los lobos) y para comprar lo que necesita… bueno, y otras cosas. Cuando una mujer entre en su vida, todo cambiará para él. A partir de ese momento comienza realmente la película, la historia de ese hombre aislado y la situación que le lleva a encontrarse con no una, sino dos mujeres, lo que incluso en el último tercio de la película incluye una pequeña parte de thriller con un tono casi cercano a Hitchcock.

Crítica de la película Loving Pablo

Fernando León de Aranoa (Barrio) se acerca a la figura del narcotraficante Pablo Escobar, desde la perspectiva de la periodista y amante del citado narcotraficante.

Puede que los seguidores de la serie Narcos echen en falta los tics mediáticos, con los que los creadores de esta producción para la pequeña pantalla afrontaron la agitada y delictiva existencia de Pablo Emilio Escobar Gaviria; pero Fernando León de Aranoa ha preferido quedarse en el retrato más o menos fiel de tan macabro personaje.

Con semejante propósito, el cineasta de Los lunes al sol hace suyo el libro Loving Pablo, Hating Escobar; que la presentadora de televisión Virginia Vallejo elaboró sobre la cambiante faz del enemigo público número uno en Colombia y Estados Unidos, durante más de una década.

La cuidada ambientación de la época (años 80 y principios de los noventa) sirve al director madrileño para meter al espectador en la neurosis criminal que preside cada una de las escenas del filme, destinadas a mostrar el interior de un individuo tan peligroso como sanguinario; al que Javier Bardem presta su físico amenazante y camaleónico.

Crítica de la película Power Rangers

Mejor de lo que me esperaba. Entretenimiento digno y competente.

La nueva película de los Power Rangers ha sido una grata sorpresa. Conociendo el material del que parte me temía algo mucho más flojo, pero su guión se toma el tiempo necesario y maneja las claves apropiadas para construir bastante bien sus personajes protagonistas de adolescentes investidos con superpoderes por una nave llegada del espacio y a los cinco minutos de proyección todos los fantasmas negativos de las series y largometrajes anteriores desaparecieron.

El trabajo que han realizado los artífices de esta película con el material original de partida va mucho más allá del tuneado convencional y el repaso de chapa y pintura para actualizar el asunto respaldados por un presupuesto más abultado.

Crítica de la película Ghost in the Shell

Excelente película de acción y ciencia ficción.

No voy a pretender aquí ser un conocedor absoluto del manga o el anime original, ni de la obra de Masamune Shirow, ni nada por el estilo. Recuerdo ver la película de animación en VHS en mi adolescencia y quedar encantando por muchas de sus partes, pero también abrumado por la densidad de otras. Voy a juzgar la película protagonizada por Scarlett Johansson por lo que es, una excelente cinta de acción y ciencia ficción que plantea interesantes preguntas sobre lo que nos define y lo que nos hace humanos, mientras además homenajea continuamente a la fuente original. Sí, no soy un experto en el tema, pero he visto la película. Y Ghost in the Shell sabe cómo rendirle homenaje perfectamente.

Si usted es un fanático absoluto del manga, la película de animación, su secuela o la serie de animación de la que esta nueva película toma más de una referencia, es posible que sienta que no se parece lo suficiente, que no han calcado plano a plano la trama y a los personajes. Yo defiendo, y siempre lo haré, lo contrario. Tomar el material original y darle una nueva forma. Hacerlo reconocible pero al mismo tiempo que aporte cosas nuevas. Distintas, sorprendentes. En ese sentido esta película triunfa por completo. Sus referentes, además del anime, son evidentemente Blade Runner e incluso Matrix (cerrando así el círculo. Matrix tomaba cosas de Ghost in the Shell), pero sabe darle un punto distinto apoyándose en sus virtudes.

Crítica de la película Sicario

Una de las mejores del año. El director de Prisioneros vuelve a dar en el blanco.

Denis Villeneuve tiene pillado el punto perfectamente al cine de género y cómo convertirlo en un ejercicio pleno de autoría sometiéndolo a sus propios intereses y sin perder por ello ni un ápice de su gancho comercial. Sicario vuelve a demostrar que Villeneuve un director al que hay que tener en cuenta entre los narradores más interesantes del cine de nuestros días, algo que ya había quedado bastante claro con sus anteriores trabajos, todos ellos recomendables: Incendies, Enemy, Prisioneros. Tres títulos para apuntar entre las mejores propuestas que nos han llegado desde la pantalla grande en los últimos tiempos, a los que ahora hay que añadir sin duda a Sicario.

Villeneuve arranca Sicario con una escena dantesca, un descenso al infierno de la protagonista,  y casi sin dejarnos tiempo para acomodarnos a la trama, estamos junto a ella metidos hasta el fondo en una operación poco clara de unas oscuras autoridades estadounidenses para imponer la venganza contra un cartel mejicano de la droga en la que están implicados varios servicios de seguridad a ambos lados de la frontera de Estados Unidos con Méjico, y de Méjico con Estados Unidos, porque como no podía ser de otro modo, tratándose de Vileneuve, esquiva el maniqueísmo sobre el tema que aborda abriendo hueco en su relato, de manera sutil y sin subrayarlo en exceso, con una serie de secuencias en la vida de un policía mejicano normal y corriente, al que nos desvela astutamente desde la mirada de su hijo, que sólo ve a su padre en un entorno cotidiano, aunque luego el padre tenga un papel en la parte final del drama policial, que de ese modo se filtra en la vida de esa familia, imponiéndose como desenlace de la historia esa influencia letal en la vida cotidiana de la gente de Méjico de la lucha contra la droga emprendida desde el otro lado de la frontera y de los enfrentamientos entre los distintos carteles de narcotraficantes mejicanos. Eso le permite a Villeneuve tratar su historia policial como una película bélica que se cobra un peaje cotidiano en las vidas de la gente común, manteniendo algo que se repite en todas sus películas. Sin importar el género que aborde, en el cine de este director lo cotidiano y lo intimista se impone siempre a los tópicos y fórmulas de dicho género para convertirse en algo más personal e íntimo a la hora de comunicarse con el espectador.

El tratamiento que hace Villeneuve del personaje interpretado por Emily Blunt en esta película es buen ejemplo de esto. La agente Kate Macer que interpreta Blunt en Sicario es una variante más del viaje de iniciación y cambio que afrontan todos los personajes del director, aunque quizá el personaje con el que se relaciona más estrechamente por las propias características de la historia es el detective Loki interpretado por Jake Gyllenhaal en Prisioneros. Como éste, ella también se ve enfrentada a otro personaje que está igualmente en evolución y cuyo recorrido va a terminar por revelarle como un monstruo. En Prisioneros era el personaje interpretado por Hugh Jackman mientras que en esta ocasión se trata del personaje al que da vida Benicio Del Toro. La revelación del rostro del mal sobre la máscara de la venganza o la justicia se cumple en ambos casos plenamente imponiendo las aristas más inquietantes derivadas de la fragilidad de nuestros principios en el momento en que son sometidos a circunstancias de tensión. Villeneuve se interesa por esa eclosión del monstruo desde nuestro interior y siempre pone al espectador en una ambigua relación de simpatía/rechazo por esos personajes, convirtiendo a su protagonista, Loki o Kate, y por extensión al propio espectador, en testigos hipnotizados, seducidos y al mismo tiempo hipnotizados por el surgimiento del monstruo. Nos encontramos como espectadores sometidos a esa tensión entre la simpatía y la antipatía por los personajes de Jackman y Del Toro. De manera que al final del relato estamos tan vapuleados emocional y éticamente como los propios testigos/protagonistas frente al monstruo, con el que, en contra de nuestros escrúpulos morales, seguimos simpatizando de algún modo retorcido y siniestro.

Para añadir más interés a todo ese juego que sitúa la claves de protagonismo y antagonismo a un nuevo nivel mucho más interesante del que suele utilizarse en las aplicaciones más tópicas y pegadas a la fórmula de los géneros, Villeneuve aborda la narración de la compleja trama de Sicario desde una estructura de mirada coral que nos llega desde distintos personajes. Es una constante temática del director tanto como una preocupación narrativa recurrente en sus películas que acaba por imponerse también en la caligrafía visual de las mismas.  De ese modo Sicario puede tener algunos puntos de contacto con las novelas sobre la guerra contra las drogas escritas por Don Winslow, El poder del perro y las demás. Y naturalmente nos recuerda también algunos planteamientos de la película Traffic (2000), de Steven Soderbergh y de la miniserie Traffic (2004), derivada de la misma. Pero Villeneuve impone su propia firma a todo el relato, trabajando desde unos planteamientos de tensión y vulnerabilidad en las relaciones y conflictos que unen a los tres personajes principales, interpretados por Emily Blunt, Benicio Del Toro y Josh Brolin, sobre una estructura argumental más alejada de esos puntos de contacto desde la temática más obvios para permitirnos pensar en el personaje de Blunt y en la propia película como variantes del personaje de Jodie Foster en El silencio de los corderos (1991), de Jonathan Demme.  

Por otra parte el interés de Villeneuve por tratar de manera cercana e intimista y costumbrista las peripecias de sus personajes no le impide imponerse con solvencia y eficacia en las secuencias de acción, como demuestra el paso de la frontera en ambos sentidos y el ataque en el atasco, que me han recordado el excelente pulso que imprimiera Michael Mann a la secuencia de atraco de la que para mí sigue siendo su mejor película, Heat (1995).

Hay otra cosa que me ha llamado la atención en lo referido a cómo mostrar o no mostrar la violencia, aspecto en el que Villeneuve es muy cuidadoso y trabaja bien la dosificación para dejar al espectador un papel de co-autor de la parte más inquietante de sus películas y que también aparece en Sicario. El director tiene muy claro lo que quiere mostrar y lo que no quiere mostrar en su película, es decir, aquello que prefiere que el espectador imagine. Esto es algo que también destacaba especialmente en Prisioneros. Por ejemplo, al contrario de lo que hiciera Kathryn Bigelow en La noche más oscura, elige hacer elipsis sobre la tortura del confidente, que deja abierta a la imaginación del público con elegancia materializando el comienzo de la misma con el botellón de agua que arrastra Del Toro hasta la sala de interrogatorio y su ominosa frase: “Ahorita vas a ver lo que es como ver a Dios en tierra yanqui”.

Sicario consigue mantenernos en tensión desde ese primer asalto inicial hasta sus último plano, como en tensión están esas familias mejicanas que llevan a sus hijos a jugar al fútbol en una zona en guerra, rodeados por la violencia. Y es que una vez más se demuestra que el cine de Villeneuve es un cine que nos habla de las distintas manera en que vemos y nos inventamos la realidad, sumergiéndonos de lleno en las tramas que viven sus personajes, como nos zambullimos, en primera persona, en ese viaje por el laberinto de los túneles que comunican Estados Unidos y Méjico en la parte final de la película.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Anacleto, agente secreto

Divertida y sólida recuperación y adaptación de un clásico del cómic español.

El cómic español tiene mucho que ofrecer como fuente de inspiración para el cine y Anacleto, agente secreto, es buena prueba de ello. Nos propone la película una visión del personaje que respeta la mezcla de costumbrismo y disparate que se daba en las viñetas del cómic original, pero no se queda ahí y aporta algo más, en realidad mucho más, sobre todo a través del trabajo de sus actores, que se configuran como grupo de protagonismo coral en un ejercicio que forzosamente ha de recordarnos una de las mejores bazas de nuestro cine de comedia clásico: los secundarios elevados a categoría de protagonistas. Es el reparto, nunca mejor dicho, lo que resuelve y da brillo a los mejores momentos de este largometraje que capitanean con eficacia en lo referido a actores Imanol Arias y Quim Gutiérrez, pero en el que algunas de las mejores perlas cómicas pueden llegar a través de Alexandra Jiménez ejerciendo como la reticente ex novia y su singular familia, donde Rossy de Palma y sobre todo Berto Romero representan la mejor manera de traducir al cine los singulares personajes imaginados para la viñeta por el gran Vázquez. Hay incluso un momento para el guiño  a modo de cameo de otras dos fieras del humor de nuestros días, Jose Corbacho y Andreu Buenafuente, que parece puesto ahí para demostrar que lo bueno, si breve, dos veces bueno. También me convence la manera en la que han enfocado el personaje de Anacleto en su materialización como Imano Arias. De hecho, encuentro difícil imaginar a otro actor u otro registro para ese personaje. Arias, tal como está enla película, era el mejor Anacleto posible para el cine. Pero, claro, en su fase de personaje más serio que el de las viñetas, necesitaba tener un complemento más humorístico y cercano a las generaciones de espectadores más jóvenes que no han conocido al Anacleto desde las viñetas cuando eran niños. Los más veteranos, por decirlo de algún modo, nos hemos reencontrado con una visión de Anacleto a través de Arias que resulta entrañable por ese intento de mitificación por la vía del disparate. Pero además el personaje de Adolfo interpretado por Quim Gutiérrez es un complemento humorístico muy sólido para el personaje que da título a la película. Esta es la parte que me convence de Anacleto, agente secreto, una comedia española más que digna, eficaz.

En la parte que menos me convence creo que todo se explica por la clave de interpretación del personaje de antagonista que ejerce el personaje de Vázquez. Nos hemos acostumbrado a que Carlos Areces sorprenda con cualquiera de sus trabajos, por sencillos o tópicos que sean los personajes que le toca interpretar, a los que habitualmente les da esa otra vuelta de tuerca, esa velocidad extra de comedia que los completan. Y quizá por eso esperaba más del Vázquez de Carlos Areces. En realidad el personaje cumple su función, pero echo en falta esa otra velocidad extra, ese aporte suplementario al tópico del antagonista que aquí habría venido bien a este Vázquez construido con una clave demasiado seria para mantener el tono disparatado del resto, y por ese camino es por donde veo que la película se coarta a sí misma intentando ser al mismo tiempo una comedia costumbrista a caballo de un saludable absurdo, estilo Mortaledo y Filemón, y un vehículo de acción, muy bien planteado, eso sí, irreprochable en su desarrollo de los tiroteos, peleas y demás. Lo que ocurre es que esos tiroteos, esas peleas y demás acaban chocando con el disparate, y dan lugar a un efecto raro, sobre todo cuando al final entramos en un imprevisto desenlace dramático que despista un poco en cuanto al tono de la película. Por decirlo más claro: el Vázquez que nos presentan es mucho más tópico porque renuncia a ser más disparatado para ser más sólido como antagonista de una comedia de acción que debería haber sido sobre todo sólo comedia gamberra. No en vano el propio creador del personaje de Anacleto en las viñetas afirmaba que su inspiración había sido más el Superagente 86 creado por Mel Brooks que 007. Un Areces más gamberro e incontrolable podría haber hecho un gran Vázquez sin afectar lo más mínimo al empaque de socarrón cachondeo crepuscular que le ha regalado Imanol Arias al personaje de Anacleto.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Interstellar de Christopher Nolan

Interstellar: Obra maestra. Lo mejor que ha hecho Nolan en su carrera. Brillante.

En mi opinión, Interstellar supera todo lo que hemos visto de Nolan hasta el momento. Y con eso ya lo digo todo. ¿Por qué? Se lo explico: cuestión de sentimientos, emociones, lirismo, filosofía, especulación… Y un largo etcétera que, como la nave en la que se desplazan los protagonistas, gira en torno a la madurez. Lo que ha hecho Nolan con el género de ciencia ficción en esta película no lo hacía nadie desde que Stanley Kubrick rodó 2001 (1968) y Andrei Tarkovski estrenó Solaris (1972). Lo que ocurre es que, seamos sinceros, 2001 y Solaris no son películas fáciles de ver, sino excelentes pero muy complejos ejercicios de reflexión filosófica que suelen desanimar a buena parte de los espectadores. Interstellar es todo lo contrario: un notable ejercicio de reflexión, como las dos películas citadas, pero al mismo tiempo un brillante, trepidante, emotivo, entrañable y absolutamente imprevisible viaje a la aventura en el que el guionista y el director no dejan que nos separemos de lo que ocurre en la pantalla ni un segundo. Trabajando con un guión en el que vuelve a brillar el talento de Jonathan y Christopher Nolan para trabajar elementos de distintas mitologías y referencias múltiples tanto cinematográficas como literarias, los artífices de Interstellar han creado la película de ciencia ficción perfecta, forjada en una aleación salida de un crisol donde se mezcla la ciencia, la fantasía, la ficción, el amor y las aventuras en las dosis correctas. Los aficionados a la literatura de ciencia ficción sabrán advertir sin duda el íntimo parentesco que tiene esta aproximación al género con uno de los clásicos literarios esenciales del mismo: Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. De hecho es muy significativo que Interstellar se sitúe más cerca de Bradbury que de Arthur C. Clarke, inspirador literario de 2001, porque el secreto de su excelente manejo del cine de ciencia ficción radica precisamente en las mismas claves de tratamiento con los conflictos y personajes que siempre manejó Bradbury, quien como los Nolan en esta película hacía algo tan sencillo y al mismo tiempo tan mágico y grande como simplemente contar historias de la gente, por mucho que al mismo tiempo estuviera hablando de salir al espacio exterior y terraformar un planeta. Los cuentos que constituyen Crónicas marcianas son buena prueba de ello. Y si después de ver Interstellar se quedan con ganas de leer buena literatura de ciencia ficción les recomiendo que empiecen por ellos, y no duden que verán rápidamente la similitud en su tono  planteamientos narrativos. En esa línea, Interstellar destaca por ser al mismo tiempo una historia de exploración espaciotemporal que sin embargo no se aparta ni un milímetro de la exploración de nuestros sentimientos y emociones. Así evita ser sólo otra space opera más y se convierte en una obra maestra que además se ajusta a las claves, intereses y preocupaciones esenciales de Nolan como autor. Dicho sea de paso, todos los resortes y pistas que anticipé en el artículo que publiqué en el último número de la revista Acción están presentes también en esta película. Allí hablé del papel de la mentira en el cine de Nolan como uno de sus aspectos más destacados, y ciertamente la mentira tiene un protagonismo muy destacado en Interstellar, así que les recomiendo echarle un vistazo a ese artículo de la edición en papel de Acción si quieren completar claves y pistas sobre Interstellar.

Pero lo más brillante de esta propuesta no está en su naturaleza y eficacia como aventura de ciencia ficción, sino en el verdadero corazón de la misma, que no es otro que su historia de amor. La historia de amor era ya el epicentro, la verdadera alma de Origen, pero en Interstellar es mucho más potente. De hecho como refleja uno de los diálogos de Anne Hathaway, es una fuerza capaz de saltarse todos los límites y trabas del espacio, el tiempo y cualquier otra dimensión que se nos pueda ocurrir. Además en esta ocasión no hay una, sino varias historias de amor, entre las cuales la más potente es la de ese padre por sus hijos, sobre todo por su hija, que arranca la trama señalando el camino emocional del resto de la historia. Y, amigos, cualquiera que sea padre sabe que el amor de un padre o una madre por sus hijos supera cualquier otra cosa. En Origen era la historia de amor por la esposa, aunque los hijos también estuvieran implicados en la trama, sin ser el epicentro, al contrario que en Interstellar. Multipliquen por cien ese sentimiento y tendrán una idea aproximada, sólo aproximada, de lo que es capaz de hacer un padre por sus hijos. Como ven, nada de esto tiene que ver con la ciencia ficción. Sin embargo sí tiene que ver con la gente. De hecho, el protagonista realiza su acto más heroico en ese primer paso de la trama, en la despedida. Ese será su máximo sacrificio, que nos es imposible no compartir emocionalmente. Interesante cómo la amenaza se manifiesta allí donde no existe vínculo emocional.

Otro aspecto en el que los Nolan han mejorado su propuesta en Interstellar frente a la ya de por sí muy notable Origen es en la perfecta sinergia entre las escenas de acción y esa trama emocional. En Interstellar ambas cosas encajan perfectamente y contribuyen a alimentarse una de otra con una fluidez mucho más afinada que la de las secuencias de acción con el romance de Origen. Buena prueba de ello es la acción en paralelo que Nolan desarrolla aproximadamente a las dos horas de película vinculando lo que ocurre en la Tierra con lo que les ocurre a los exploradores, o lo que es lo mismo, la peripecia de la hija y el padre, que se desarrolla además con un acompañamiento musical perfecto y tan brillante como el de las imágenes que en mi opinión lleva un punto más allá la sinergia entre lo visual y lo musical en el cine de lo que lo llevaron las colaboraciones entre John Williams y Steven Spielberg. Por cierto, los primeros compases del relato en la granja, con el padre, el abuelo, los hijos, son muy Spielberg, pero también mejoran mucho el tipo de propuestas que nos suele hacer Spielberg en sus películas.

Siguiendo con la música, esencial contribución de Hans Zimmer a la película, les pido que reparen también no sólo en el uso que hace Nolan de la música, sino también del silencio. El director ha conseguido que en el espacio exterior un silencio se convierta en algo mucho más espectacular que cualquier ruido, estallido o parafernalia acústica que hayamos visto en cualquier otra película de ciencia ficción.

Otro detalle a tener en cuenta: el sentido del humor, cuidadosamente dosificado, y astutamente repartido. La trama que se presenta es eminentemente dramática, pero el diálogo ha encontrado una vía sutil para desarrollar el humor en un recurso que sin duda habría satisfecho a otro de los grandes literatos de la ciencia ficción, que entra así en el cuadro de fuentes de inspiración de la película, Isaac Asimov.

Además el reparto está perfecto, en una composición clavada de los personajes, pero teniendo en cuenta la calidad que hay reclutada en el mismo es casi una obviedad. Como obvio es decir que Matthew McConaughey pone otro brillante trabajo en su filmografía, aunque en mi opinión debería haber más de un nominado al Oscar en este reparto y en el equipo técnico de la película.

Lo que sigue recomiendo leerlo después de ver la película.

Presumo que los furiosos antinolanistas, virtuosos de negarle el pan y la sal a este brillante director por los caminos más pedestres que uno pueda imaginar, podrían criticar esta película pretextando que han sabido ver de qué va el tema del fantasma desde el principio. Para ellos y para todos los lectores va esta aclaración por la vía de las teorías de argumentos universales: este es un viaje de Jasón convirtiéndose en Ulises, así que lo importante no es llegar, sino lo que se aprende durante el viaje. El propio Nolan siembra pistas de sobra para que quede clara la intriga del fantasma antes de que emprendamos con Cooper el viaje. La clave no es saber a dónde vamos a llegar, sino cómo vamos a llegar hasta allí, y lo que aprenderemos en el camino. Por eso el viaje de Interstellar es eminentemente emocional.

Feliz viaje.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Asesinos de élite

Potente propuesta de cine de acción e intriga con sabor a cine de los setenta y secuencias espectaculares. Asesinos de élite es cita ineludible para los que seguimos pensando que el cine trepidante tiene un sitio entre los títulos interesantes de cada temporada y merece ocupar un puesto destacado en la cartelera como herramienta de diversión y evasión rodada con calidad.

Basada en parte en hechos reales y tomando como punto de partida el libro de Ranulp Fiennes, miembro de las SAS, fuerzas especiales del ejército británico, que participó en una misión de eliminación de los miembros de la familia de un jeque para facilitar una maniobra de gestión y control del petróleo, Asesinos de élite no tiene nada que ver con aquella otra película de Sam Peckimpah titulada The Killer Elite, que en España conocimos como Los aristócratas del crimen, filmada allá por 1975 y que a decir verdad resultó ser una de las más flojas del director de Grupo salvaje o La huida. Sin embargo comparte con ella la profesión arriesgada de sus protagonistas, que también tienen cierto aire familiar a los que protagonizaron otra película con Robert De Niro en el reparto, Ronin, dirigida en 1998 por John Frankenheimer.

La historia arranca en los años 80, un retorno al pasado que nos sitúa en un momento de caos geopolítico y facilita el caldo de cultivo para la primera escena del largometraje, que gira en torno a un asesinato que permite comprobar el pulso firme y la solvencia con la que el director va a manejar las secuencias de acción de una película que en contra de lo que pudiera sospecharse no va a volcarse sólo en lo trepidante, sino que prefiere seguir una fórmula más próxima a la de la saga de Jason Bourne, haciendo que la acción sea el complemento de una competente trama de intriga. Para ello el director ha elegido una estrategia que no suele fallar: el protagonismo bicefálico. Esto es: la trama queda dividida según dos protagonistas principales que lógicamente están en lados opuestos de la misma y por tanto se enfrentan durante todo el metraje.

Por un lado tenemos al asesino a sueldo encarnado por Jason Statham, que sale de su retiro dejándose en el horno sentimental una relación a medio cocer para ayudar a su mentor y colega, interpretado por Robert De Niro en uno de los papeles de secundario-estrella más sólido que le hemos visto en los últimos años, auténtico eco de sus personajes más completos de antaño, y que además se complementa con buena química con Jason Statham. Dicho sea de paso, sobre éste último después de Blitz y de Asesinos de élite va llegando la hora de que sus detractores más recalcitrantes empiecen a reconocerle talento y méritos que le ponen por encima del simple monigote de acción trepidante.

En el otro extremo tenemos a un ex militar veterano de las fuerzas especiales británicas al que da vida Clive Owen, empeñado en proteger a las víctimas del nuevo encargo del asesino, un grupo de comandos de las SAS.

La película se construye por tanto como un juego de caza del gato y el ratón, con Owen ocupándose casi siempre de la parte más ceñida a las claves de la intriga, en un registro similar al que ya cubriera en The International: dinero en la sombra, y que le encaja como un guante. Mientras Statham hace lo que mejor sabe hacer, habitar en las claves de la acción. La bicefalia permite además que cada uno de estos dos protagonistas incursione en el territorio del otro, generando una tensión que añade partes de intriga en la sucesión de asesinatos que va cometiendo el personaje de Statham del mismo modo que el de Owen incursiona en momentos de acción, hasta que ambos acaban cruzándose, dando lugar a un varios enfrentamientos filmados con la misma energía intensa de frenético intercambio de golpes que caracteriza los combates incluidos en la saga de Jason Bourne. En ese juego del ratón y el gato no hay buenos ni malos, sino que todos son lo que afirma el título de la película, asesinos.

Hombre, está claro que no estamos ante un ejercicio de intriga del nivel de la excelente Munich de Steven Spielberg, pero sí se trata de una competente película de intriga y acción bastante completa y con un ritmo que en ocasiones recuerda el de destacadas muestras del género en los años setenta, como Scorpio (Michael Winner, 1973), o algunas intrigas del policíaco británico protagonizadas en esa misma década por Michael Caine, como Asesino implacable (1971) o El molino negro (1974). Además, como ya he dicho, me recuerda otro buen ejemplo intriga y acción de los noventa, Ronin y a caballo entre ambas cosas, por completar la telaraña de referencias que me vinieron a la memoria mientras la veía, también Chacal, con un ritmo a medio camino entre la gran versión dirigida por Fred Zinnemann en 1973 y la actualización rodada por Michael Caton-Jones en 1997 con Bruce Willis y Richard Gere (otro caso de protagonismo bicefálico) al frente del reparto.

“Matar es fácil. Vivir con ello es lo difícil”, afirma uno de los personajes en esta recuperación del cine de intriga y acción con claves sólidas y sin tomarle el pelo al público, con actores que convencen y ayudan a que aceptemos sus personajes aportando verosimilitud a la trama. Si es caso, falla algo ese empeño algo reiterativo de utilizar el flashback para construir una historia de amor que resulta ajena al resto, como impuesta a título de adorno de cara a la taquilla, aunque  ciertamente sirva para darle a De Niro la oportunidad de lucirse en la escena de la persecución en el metro, una de las mejores de la película, lo cual redime todo el embrollo sentimental que le buscan al personaje de Statham y prácticamente hasta ese momento podíamos pensar que no viene a cuento. Casi se diría que la película contiene una especie de reconocimiento de la flojera que afecta a esos flashbacks sentimentales sin los que podría pasar perfectamente el resto de la trama en ese diálogo donde un personaje le dice a otro: “Enséñame una mujer guapa y te enseñaré a un hombre hasta las narices de la chica”.

En todo caso puede perdonársele esa innecesaria guinda romántica porque toda la parte de intriga y acción es sólida, está bien servida y es interesante.

Miguel Juan Payán

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